Hoist that rag
Ayer, mientras intentaba retomar Ruido del arte, puse en tres reproductores diferentes el tema Hoist that rag de Tom waits y escribí una frase...
La ciencia ficción permitió al ser humano hacer volar la imaginación y llevarla hasta límites apenas entrevistos hasta entonces. Cualquier futuro y, por tanto, objeto, invento o situación cabía en esos relatos. Y si bien se necesitaban obviamente de ciertos rudimentos narrativos para hacerlos comprensibles y verosímiles, lo lógico es que por lo ralo y extemporáneo del tema tratado, muchos de los escritores -aun sin cuidar en exceso estilo- se atrevieran a realizar todo tipo de experimentos narrativos que influenciarían decisivamente a innumerables niños que crecieron leyendo estas historias en las que el tiempo era múltiple y las categorías racionales, elásticas. Muchos textos de Foster Wallace, Thomas Pynchon o Neal Stephenson serían totalmente diferentes sin el influjo de la ciencia-ficción. No llevarían a cabo tantos experimentos con el tiempo, no distorsionarían tanto el lenguaje ni retorcerían al extremo la narración ni probablemente tendrían un ritmo narrativo tan extremo. Sin ir más lejos, El hombre demolido se encuentra lleno de novedosas estrategias estilísticas que van más allá de los experimentos tipográficos comenzados por Sterne en su Tristam Shandy. Pues para representar las conversaciones entre los telépatas que controlan la sociedad en su novela, Bester se ve obligado a modificar la tipografía, conjugar lo verbal con lo icónico y estirar continuamente las dimensiones del texto.
A lo dicho anteriormente, hay que añadir otro aspecto más: la hibridez propia de la ciencia ficción. Un género que no podemos definir ni delimitar con exactitud sino es a través de sus constantes mezclas y fusiones con otros. Es, verdaderamente, muy difícil encontrar pureza genérica en las historias futuristas. Pues aunque generalmente se desarrollan en un tiempo posterior al nuestro, lo hacen según los condicionantes y métodos de narrar que poseemos actualmente. Algo constatable en El hombre demolido. Una novela que se apoya tanto en el relato noir como en el policíaco y el piscológico para cristalizarse textualmente. De hecho, sin la trama detectivesca, el libro resultaría falto de fuerza. No tendría más interés que la descripción más o menos afortunada de un mundo controlado por telépatas -aquí se les llama espers– que han conseguido que el crimen prácticamente sea erradicado. Dando lugar a una sociedad blanda que no parece hacer más feliz al ser humano que la actual por más que el progreso en las relaciones y la tecnología es evidente, ya que en ella existen asimismo personajes megalómanos como Ben Reich. Un ser ambicioso que obligará al frío prefecto de policía, Lincoln Powell, a transgredir la ley. Realiza una exploración ilegal de su mente para intentar acabar con él y conseguir que lo condenen al castigo al que hace referencia el título de la novela: la demolición. Un lavado de cerebro que transformará su vieja personalidad en una nueva.
Obviamente, la novela tiene varias lecturas. El control mental de los espers es el preludio a una sociedad totalitaria que, con la excusa de la armonía, niega el libre albedrío. El policía Lincoln Powell, por ejemplo, no duda en saltarse las reglas para acabar con el «enemigo». Un rival que, finalmente, llegaremos a compadecer teniendo en cuenta el castigo final al que es sometido, que no deja claro quién es más cruel: si el delirante Reich, un traumatizado huérfano que se apoya en su deseo de controlar el mundo para erradicar su tristeza y su complejo de inferioridad, o el lógico y racional Powell, un detective que habla de los problemas de su enemigo sin apenas emoción, empatía o compasión, y trabaja casi como un robot. De hecho, Reich -nombre que probablemente aluda al nazismo y se contraponga al de Lincoln; que parece una referencia irónica al famoso presidente norteamericano- no es tan maquiavélico como podíamos pensar en un principio. Es un Raskolnikov futurista y torturado que sufre y es perseguido por sus actos y conciencia de tal forma que termina por caer en la esquizofrenia. Una especie de paranoia psicótica a través de la que Bester parecía aludir a la desviación consumista sufrida por una sociedad norteamericana que, anhelada ante la televisión, comenzaba a encontrarse incapacitada para distinguir los límites existentes entre el bien y el mal o la forma en que estaba siendo sutilmente controlada.
Aunque, por supuesto, existe otra lectura de las alucinaciones sufridas por Reich. Un prefacio ideal para un hecho que se produciría tan sólo unos pocos años después en Norteamérica: el progresivo consumo del LSD. Una droga psicodélica que, teniendo en cuenta que la conquista del espacio no se estaba llevando a cabo más que en las ficciones literarias, radiofónicas o cinematográficas, permitiría que el deseo de realizar viajes a mundos desconocidos pudiera finalmente llevarse a cabo. Transformando a los delirantes en viajeros y a los viajeros en enfermos. Una distopía esquizofrénica digna de la novela de Bester. Shalam
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