Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Debo reconocer que vivo las presentaciones con mucha intensidad. Con tanta que me cuesta dormir por la noche e intento no hacer más que una al mes. No me gusta que las personas que acudan se aburran en ellas y desde luego, no quisiera que en ningún caso las consideraran una pérdida de tiempo. La indiferencia no es una opción. Por lo que o me suelen salir muy bien o muy mal. No es tampoco algo muy premeditado. Me cuesta cerrar las frases cuando hablo, controlar las emociones y articular mi discurso según los cánones básicos de la retórica. Por lo que estoy acostumbrado a que o bien gusten mucho mis intervenciones o prácticamente nada. La de Cartagena se llevó a cabo en la sala egipcia del bar la Guarida y contó con la participación del editor de la novela, Víctor Gomollón y el periodista Gonzalo Rodríguez Jover. Y creo que afortunadamente, más personas salieron satisfechas que descontentas. Ahi la dejo:
La presentación se divide en dos partes bien claras y definidas. Por un lado, Francisco Jarauta realiza un discurso magistral sobre el mito del jardín a lo largo de la historia del arte y la literatura y por el otro, yo intento explicar de dónde surgió la novela. Más concretamente, en qué consistió mi trabajo: transformar lo vulgar en una melodía musical y literaria con intención de perdurar. Ahí la dejo:
Sí me gustaría comentar que las cuestiones de Francisco Marín fueron muy ajustadas y precisas, pero que hubo una en concreto que me llamó la atención. En un momento dado, me comentó que le había dejado el libro a una persona y no le había gustado nada. Y me preguntó qué pensaba al respecto. Bueno. Mi respuesta en aquel momento fue decir que si ni maestros como Stanley Kubrick o Tolstoy lograban el total beneplácito del público, cómo iba yo a pretender gustar a todo el mundo. De hecho, creo que intentar hacerlo es inmaduro. Es una muestra de que no estamos dispuestos a llevar nuestro arte al extremo. De ausencia de personalidad. En cualquier caso, si tuviera que responder ahora, diría algo más sencillo: que mi libro no es una moneda de oro como para gustar a todo el mundo. El oro sí, claro, que se adapta a cualquier alma y corazón pero ¿una obra de arte? ¿una obra de arte puede y debe y tiene que adaptarse a las almas de todas las personas que hubo y habrá?
He conocido escritores que tenían enormes depresiones cuando alguien les confesaba que su obra tal vez no fuera maestra y otros que no sólo no aceptaban las críticas sino que reaccionaban inmediatamente y comenzaban secretamente a rumiar planeando su venganza. En mi caso, pues obviamente no voy a darle publicidad a quien me haga una crítica discreta, mala o gratuita. ¡Ellos sabrán! Pero tampoco me voy a incomodar demasiado. Estoy acostumbrado a tratar con personas que hablan maravillas de ciertos libros en las redes sociales y luego los destrozan cuando toman café conmigo. ¿Me voy a salvar yo de esto? ¡Qué va! Yo sé que lo que dicen mis amigos de «los otros», también lo van a decir de mí cuando yo sea «un otro». Y soy muy consciente de este tipo de manejos y habladurías. Otro tema es la importancia que se les de. Lo que sí tengo claro es que si un artista desea crecer y crecer debe estar preparado para las críticas que llegarán de manera natural. Y si no lo está, creo que, en gran medida, podrá ascender pero no terminará de triunfar con total plenitud. Tendrá una posición social pero no dicha interior. Yo amo los elogios y halagos, pero una crítica bien intencionada y a tiempo siempre es bienvenida. De hecho, es necesaria en ciertos momentos. Y en cuanto a gustos, pues no hay nada escrito. En eso, desde luego, la literatura no se diferencia en nada del sexo. Hay a quien le gustan personas bajitas, gorditas, delgadas o de su mismo sexo y a quien no. Y por lo general, no se acaba en la cama con quien se quiere sino con quien se puede. Shalam
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