Isidoro o la literatura perra
Hace varios meses publiqué una reseña en la revista El coloquio de los perros sobre la novela de Julio Fuertes Tarín, Fábula de Isidoro, que dejo a...
Debo reconocer que vivo las presentaciones con mucha intensidad. Con tanta que me cuesta dormir por la noche e intento no hacer más que una al mes. No me gusta que las personas que acudan se aburran en ellas y desde luego, no quisiera que en ningún caso las consideraran una pérdida de tiempo. La indiferencia no es una opción. Por lo que o me suelen salir muy bien o muy mal. No es tampoco algo muy premeditado. Me cuesta cerrar las frases cuando hablo, controlar las emociones y articular mi discurso según los cánones básicos de la retórica. Por lo que estoy acostumbrado a que o bien gusten mucho mis intervenciones o prácticamente nada. La de Cartagena se llevó a cabo en la sala egipcia del bar la Guarida y contó con la participación del editor de la novela, Víctor Gomollón y el periodista Gonzalo Rodríguez Jover. Y creo que afortunadamente, más personas salieron satisfechas que descontentas. Ahi la dejo:
La presentación se divide en dos partes bien claras y definidas. Por un lado, Francisco Jarauta realiza un discurso magistral sobre el mito del jardín a lo largo de la historia del arte y la literatura y por el otro, yo intento explicar de dónde surgió la novela. Más concretamente, en qué consistió mi trabajo: transformar lo vulgar en una melodía musical y literaria con intención de perdurar. Ahí la dejo:
Sí me gustaría comentar que las cuestiones de Francisco Marín fueron muy ajustadas y precisas, pero que hubo una en concreto que me llamó la atención. En un momento dado, me comentó que le había dejado el libro a una persona y no le había gustado nada. Y me preguntó qué pensaba al respecto. Bueno. Mi respuesta en aquel momento fue decir que si ni maestros como Stanley Kubrick o Tolstoy lograban el total beneplácito del público, cómo iba yo a pretender gustar a todo el mundo. De hecho, creo que intentar hacerlo es inmaduro. Es una muestra de que no estamos dispuestos a llevar nuestro arte al extremo. De ausencia de personalidad. En cualquier caso, si tuviera que responder ahora, diría algo más sencillo: que mi libro no es una moneda de oro como para gustar a todo el mundo. El oro sí, claro, que se adapta a cualquier alma y corazón pero ¿una obra de arte? ¿una obra de arte puede y debe y tiene que adaptarse a las almas de todas las personas que hubo y habrá?
He conocido escritores que tenían enormes depresiones cuando alguien les confesaba que su obra tal vez no fuera maestra y otros que no sólo no aceptaban las críticas sino que reaccionaban inmediatamente y comenzaban secretamente a rumiar planeando su venganza. En mi caso, pues obviamente no voy a darle publicidad a quien me haga una crítica discreta, mala o gratuita. ¡Ellos sabrán! Pero tampoco me voy a incomodar demasiado. Estoy acostumbrado a tratar con personas que hablan maravillas de ciertos libros en las redes sociales y luego los destrozan cuando toman café conmigo. ¿Me voy a salvar yo de esto? ¡Qué va! Yo sé que lo que dicen mis amigos de «los otros», también lo van a decir de mí cuando yo sea «un otro». Y soy muy consciente de este tipo de manejos y habladurías. Otro tema es la importancia que se les de. Lo que sí tengo claro es que si un artista desea crecer y crecer debe estar preparado para las críticas que llegarán de manera natural. Y si no lo está, creo que, en gran medida, podrá ascender pero no terminará de triunfar con total plenitud. Tendrá una posición social pero no dicha interior. Yo amo los elogios y halagos, pero una crítica bien intencionada y a tiempo siempre es bienvenida. De hecho, es necesaria en ciertos momentos. Y en cuanto a gustos, pues no hay nada escrito. En eso, desde luego, la literatura no se diferencia en nada del sexo. Hay a quien le gustan personas bajitas, gorditas, delgadas o de su mismo sexo y a quien no. Y por lo general, no se acaba en la cama con quien se quiere sino con quien se puede. Shalam
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