Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Jorge Martínez era una metáfora viva de la locura. Del desquicie intelectual y la originalidad destructiva. En sus tiempos mozos, follaba como una bestia, iba a todas partes con un palo de hockey, se liaba a ostias sin pensarlo con quien le mantuviera la mirada más de un segundo y lo mismo se reía de los votantes del PSOE que de los franquistas. Con la misma naturalidad, rebuznaba en un salón de lujo que en medio de un recital violento lleno de drogas y alcohol y le hacía un corte de mangas a los comunistas en pleno 1 de mayo que se meaba en la estatua de Franco.
Ilegales fueron, a su manera, visionarios. Un grupo surgido en los 80 que hablaba directamente a los ciudadanos del siglo XXI y compuso canciones que han marcado el ritmo de los acontecimientos. Testimoniaron en su momento, disturbios, violentas luchas obreras, la decadencia europea, la soledad al otro lado de los muros y el impulso nihilista occidental. Y su inquietante mensaje se encuentra probablemente hoy en día más vigente que nunca.
Ilegales fueron (y aún son) un eructo elegante. Poesía surgida de la destrucción. Un grupo demente capaz de destrozar con un solo riff de guitarra y unos pocos versos, el prestigio cimentado pacientemente durante años por cualquier persona. Y lo cierto es que, a pesar de su gran éxito inicial y el respeto incondicional que se ganaron con el paso del tiempo, nunca dejaron de reírse de sí mismos. Siempre fueron conscientes de que su misión era ser un puñetazo en el hígado de la sociedad española. Un grito de odio contra el acomodado e hipócrita mundo artístico en el que nunca, afortunadamente, encajaron del todo. Siempre fueron vistos más como delincuentes o cuatreros que como músicos. Y en muy pocos casos, fueron valorados en su justa medida. Algo que nunca pareció importarles demasiado pues, en el fondo, se sentían bien en el lodo. Eran bestias felices de sobrevivir y entonar sus himnos de combate entre la tormenta y el barro. Shalam
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