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Looking for Richard

Abr 4, 2026 | 2 Comentarios

No he visto todos los proyectos personales de Al Pacino (Wilde Salomé, The Local Stigmatic, Chinese Coffee), así que no puedo opinar sobre ellos.

Sí puedo hacerlo, en cambio, sobre su más célebre incursión como director: su portentosa reinterpretación de Ricardo III en Looking for Richard. Una obra mixta —documental, ensayo, cine, teatro y performance a la vez— que, pese a sus logros artísticos y a recibir varios premios, pasó algo desapercibida en su estreno. Los productores americanos la consideraron un mero capricho de Pacino y no supieron promocionarla como merecía. Una verdadera pena, porque el filme es sumamente interesante.

En su momento, mi relación con Looking fue puramente instintiva. La vi en el cine y salí de allí levitando, pegando mandobles al viento como si fuera un personaje isabelino. Hoy, mi visión de la obra es mucho más reflexiva. Entonces me pregunté por qué Pacino eligió este drama y no otros más clásicos como Macbeth o Hamlet para ofrecernos su visión de Shakespeare. No he encontrado la respuesta hasta leer su biografía.

En realidad, la relación de Al Pacino con Shakespeare —y en particular con Ricardo III— viene de lejos. Comenzó nada menos que en el Actors Studio. Allí, siendo todavía un desconocido, se atrevió con musicales, Hamlet y también con Ricardo III. Fue su primer asalto serio a Shakespeare, sin preocuparse de la taquilla ni de los focos. Años después, Pacino retomó Ricardo III en Boston de la mano de David Wheeler, un director de peso al que admiraba profundamente. Al principio, no tuvo mucha suerte: Pacino sufría de fiebre, el público era frío y los escenarios no ayudaban. Sentía que estaba a la deriva. Pero todo cambió cuando la función se trasladó a una gran iglesia gótica de Boston. Allí, envuelto en ecos y vitrales casi celestiales, la compañía encontró la atmósfera perfecta para que Shakespeare respirara. Las ovaciones se multiplicaron: el espacio parecía hecho para el texto, y Ricardo III encontró por fin cuerpo y alma.

Con el tiempo, Pacino llevó Ricardo III a Broadway, pero lejos de la magia de aquella iglesia, el montaje se volvió gris y perdió fuerza. Las críticas, implacables, le reprocharon que hacía retroceder “Shakespeare cincuenta años en este país”. Una frase que nunca olvidó, que se le clavó en el corazón como el puñal de un personaje vengativo, y que fue, en gran medida, el motor de su proyecto.

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El otro motor, claro está, fue su afán didáctico. Para Pacino, Shakespeare era más un íntimo amigo que un autor de culto. De hecho, solía entablar un diálogo constante con sus tramas, como deja claro en un testimonio de principios de los 70: «Mi estado mental estaba al límite de la locura. Mi carrera en Nueva York estaba despegando, y El padrino se estaba disparando, pero yo estaba aquí, en Boston, interpretando a Ricardo por segunda vez, intentando avanzar después de la experiencia en el Loeb. No lo sabía, pero el alcoholismo se estaba apoderando de mí, y luchaba a mi manera habitual con mi relación romántica. Mi pensamiento general era: “¿A dónde va todo esto?”. Me sentía confuso, y al mismo tiempo, liberado. Trasladé todo ese desenfreno a Ricardo, que también está más o menos en este estado. Sin todas esas cosas que me ocurrían, el personaje quizá no habría sido tan accesible para mí».

Pacino percibía a Shakespeare en todas partes. Veía sus luchas de poder reflejadas en la política, la sociedad o el cine. Los Corleone, a su manera, eran una familia shakespeariana. El afán de poder típico de empresarios y políticos también era shakespeariano. Lo que hoy muestran series de la HBO como Los Soprano, Juego de tronos o de Netflix (House of Cards) a las generaciones del siglo XXI, Pacino lo había aprendido mucho antes, gracias a su interpretación y profunda lectura del autor inglés. Por eso entendía como una obligación —casi como una cruzada— la divulgación de Shakespeare entre el público norteamericano.

Parece mentira, pero Anthony Hopkins llegó a decir que prefería estar en Malibú antes que interpretar a Shakespeare. Para el actor galés, su teatro era una pesadilla: material muerto, condenado a repetirse a través de miles de actores. Incluso pensaba que Stratford-upon-Avon debería tirarse abajo y asfaltar. Pacino opinaba, por supuesto, lo contrario. «Shakespeare es el escritor que más puede tocarnos, porque habla de emociones y sentimientos que todos tenemos, y lo hace de la forma más grandiosa. Sentimos cosas enormes, y Shakespeare, con su genio y su increíble sentido del fenómeno humano, logra atravesar y tocar esos sentimientos. Aborda la magnitud de lo que sentimos. Si habla de amor, lo hace de una forma que te recuerda a tus días de gran amor. Puedes liberarte con Shakespeare, porque te da mucho.»

Frente a opiniones como la de Hopkins, Pacino levantó su proyecto. Pacino no quería eruditos, sino cómplices. Aspiraba a que cualquiera, en la calle, el metro o el bar, viera sus propias pasiones y traiciones en Ricardo III. Por eso la película es mucho más que una adaptación o un making-of: Pacino baja a la calle, pregunta a desconocidos, se mezcla con realidad y ficción y se pregunta junto a otros qué queda hoy de Shakespeare.

Looking es, en suma, una invitación y una pedagogía en movimiento: entrevistas con expertos, cámara en mano, confesiones de actores, dudas en voz alta, ensayo y error, preguntas insolentes y una pasión contagiosa.

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La idea de dar forma cinematográfica a su visión personal de Ricardo III (Looking for Richard) la tuvo Pacino rodando El padrino III. Desde el principio, supo que debía poner su propio dinero para ser libre e independiente. Quería, de algún modo, acercarse a su admirado Orson Welles, un rebelde del sistema que también llevó las obras de Shakespeare a una nueva grandiosidad.

La referencia a Welles es más relevante de lo que parece. Quienes hayan visto cualquiera de las excelsas películas de Laurence Olivier sobre Shakespeare, se darán cuenta de que sus interpretaciones están llenas de sutilezas y finuras que no comparten ni Welles ni Pacino. El Shakespeare de Olivier es un Shakespeare más versátil, más ambiguo y refinado, también más medieval. Incluso más poético. Sin embargo, los Shakespeare de Pacino y Welles son mucho más directos y cruentos. Más espectaculares, más norteamericanos, pero no menos profundos. Son más fuego y vísceras.

Obviamente, rodar algo como Looking for Richard no fue nada sencillo. Pacino dirigió la obra mientras participaba en Atrapado por su pasado y Heat. Casi no dormía. Estuvo, de hecho, a punto de enloquecer. Los actores iban y venían. Muchas veces no cuadraban los horarios. A veces las improvisaciones eran mejores que las escenas delimitadas por el guion. Pacino viajaba por catedrales y claustros intentando encontrar los escenarios adecuados para dotar de trascendencia escenas que a veces hacía descender a calles sucias y otras situaba en oficinas. Un caótico maremoto que funcionó gracias a su talento pero, ante todo, a la pasión que desprendía por todos los poros.

Pacino, por supuesto, estaba soberbio en su papel de Ricardo III. Parecía haber sido un jorobado toda su vida. Lograba humanizar a uno de los villanos más retorcidos de la historia. Lo hacía creíble. Por momentos, Pacino era Ricardo III y Ricardo III era Pacino. Ambos eran indistinguibles. Pacino lograba, de hecho, que su personaje fuera un lienzo vivo y que cualquiera pudiera imaginarlo maquinando en medio de la Nueva York actual. Algo parecido a lo que logró Walt Simonson con Loki en su versión de Thor. Modernizar al diabólico y travieso personaje sin restarle ni un ápice de su malicia e ironía. Dotándole, si cabe, de una dimensión más trágica y desesperanzada.

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En un profuso e interesante libro que recopila las conversaciones que sostuvo con el periodista y escritor Lawrence Grobel a lo largo de los años, Pacino explica cómo surgió una de las ideas más brillantes del filme: esos momentos en los que, caminando por Nueva York, se “transforma” casi en directo en un Ricardo III contemporáneo.

La inspiración procede ni más ni menos que de Picasso: «Tomé la idea de ver a Picasso pintar en un documental. Tenía un cristal delante de la cámara: empezaba como una flor, luego se convertía en los genitales de una mujer y después se desplegaba en el resto; esa flor se volvía mujer. Terminaba el dibujo en menos de dos minutos… No importaba que, como espectador, hubieras visto cómo lo hacía. Tenía vida propia. Yo quería eso: ver si podía pasar lo mismo en la actuación, y Ricardo era la oportunidad para probarlo. En una película normal, quieres que la historia te lleve y te absorba; pero aquí se muestra el proceso, y poco a poco entras en Ricardo y te olvidas del proceso. Ya estás dentro de la historia y no sabes cómo llegaste. Ese es el truco.»

Genial.

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El teatro fue siempre para Pacino —más aún que el cine— su alimento espiritual y verdadero sentido de vida. En Shakespeare encontraba método, autenticidad, locura, fracaso y redención a la vez. Incluso en la adversidad —cuando la sala se vaciaba a mitad de una función—, Pacino seguía buscando sentido y dignidad sobre el escenario. Las palabras de Shakespeare le eran útiles tanto en la derrota como en la victoria. En un teatro vacío, las frases de Shakespeare podían sonar crueles y poseer resonancias distintas a las que tenían en un recinto lleno pero siempre se incrustaban en su alma, acompañándolo en sus derivas vitales.

Para Pacino, Shakespeare siempre fue un refugio y un renacimiento constante: cada vez que dudaba de su oficio, que sentía melancolía o vacío, se asía como un náufrago a sus tragedias para recuperar apetito vital. Su película sobre Ricardo III es la mejor ejemplificación de esta simbiosis. La de alguien que busca la belleza en el desorden.

Si el Shakespeare de Pacino es tan cercano y tan comprensible es probablemente porque la biografía del actor italoamericano (llena de sombras y ovaciones) es en sí misma otra gran pieza shakespeariana plagada de furia, crisis, dolor, redención y alegría invernal. Pocos actores como Pacino para sostener con firmeza creíble cualquiera de las funestas, oscuras sentencias célebres de El Rey Lear, Macbeth o El mercader de Venecia. Shalam

يجب عليّ أن أبتكر نظامًا أو أن أصبح عبدًا لنظام رجل آخر

Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro hombre

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    las ocho imagenes las dejamos en pausa….
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=ImhgrklBa_I
    teatro..ricardo iii…teatro de siempre t.v.e….1963…nivelazo en español……..jose maria prada & todos……
    1996…al pacino…ricardo iii….documental-pelicula….

    Responder
    • Alejandro Hermosilla

      Vale. Las dejamos en pausa. Ahora tengo que salir a resolver algún que otro asunto. Cuando vuelva miraré la obra de teatro que me envías. Seguro que me resulta fascinante. Recuerdo las obras de teatro de España del franquismo con mucha agrado. Muy buenos actores. Poco decorado y presupuesto pero actorazos.

      Responder

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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