Flores raras
Durante los 70, Roxy Music eran tan extravagantes e intensos que daban la impresión de poder medirse con David Bowie. Su debut provocó todo tipo de...
Loco mía interpretaban canciones llenas de desenfreno y orgasmos sin fin. Eran una carta de invitación a la aceptación masiva del divorcio y la plurisexualidad. La dictadura de la individualidad y la ambigüedad sexual. No obstante, lo seductor de su propuesta, lo que la hacía inquietante, es que no era tanto musical como artística. Es decir, Loco Mía era, ante todo, un producto comercial. No musical. Pues, en este caso, la música era utilizada como medio y no como fin. Sí, Loco Mía supuestamente vendían canciones pero no eran músicos sino un producto de ingeniería artificial que, de tan elaborada y pensada que estaba, llegaba a convertirse en artística.
Exactamente, Loco Mía es el momento en que el pop español perdió su inocencia. Dejó de ser moderno (o posmoderno) para acceder a otro terreno. Tal vez el de la virtualidad, la transexualidad o el del (para) arte. El otro lado del «single». Y también, es el exacto instante en que Ibiza se convirtió en una enorme discoteca (o panóptico). Intercambió la libertad por el consumo para transformarse en una llamarada de fuego sexual que marcaba con tanta agresividad las líneas fijas de las doctrinas neoliberales que no me extraña que provocara como reacción contraria ese estallido sin fin de bombas nihilistas en que mutó la música española durante los 90: el indie. Un surco de caos destructivo interpretado por muchachos desgarbados y poco atractivos que emitían loas al aislamiento para enfrentarse a su opuesto (y quién sabe si complementario rival): Loco Mía. O el telediario sexual.
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