Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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César es un ser humano repleto de bajezas y rarezas que hace olvidar con su talento. Esos escritos repletos de inteligencia que han conseguido que casi disfrute más con ellos que con los discos o grupos a los que aluden. Para mí al menos son joyas humorísticas imprevisibles. Sketches de comedia negra. Talk shows. Ramalazos de stand up comedy mezclados con deliciosas idas de olla, mala uva punk e ironía festiva. Textos de referencia precisamente porque han sido escritos sin ánimo alguno de perdurar; como quien charla con un amigo íntimo en un bar o fuma un cigarrillo después de dos semanas aguantando el mono. Y además, transmiten una sensación inexplicable de paz y buen rollo.
Popular 1 es promesa de éxtasis y orgía. La constatación de que toda pérdida de tiempo es una ganancia. Es la manifestación de que la cultura no puede ser nunca preocupación u ostentación. Ha de ser siempre celebración. Es un baúl donde las mallas de Paul Stanley, las gafas de Elton John y las teclas rotas del piano donde Tom Waits grabó alguno de sus discos, se encuentran a buen resguardo. Y también una trenza de Perry Farrel, un autógrafo de Jimmy Page, una mirada tensa de Glenn Danzing, una sierra ensangrentada de Blackie Lawless y la ropa interior de Wendy O Williams.
A lo largo de mi vida, he encontrado mucha gente que se preguntaba cómo es que la Popular 1 seguía existiendo, pero los que continuamos leyéndola y todavía nos emocionamos al adentrarnos en sus páginas, nos hacemos otra pregunta: cómo es que pueden sobrevivir, aguantar el día a día, quienes no la conocen. Tanto es así que pensamos que gran parte de la depresión de las personas que nos rodean y del mundo musical actual se debe a que no se aproximan al rock con la actitud adecuada. Es decir; no leen habitualmente la revista y, por tanto, se ahogan en las opiniones de críticos y periodistas que únicamente provocan sociofobía y enfermedades mentales. Además, sabemos que, aunque no podamos tener aparentemente mucho en común con alguien, bastará con que nos muestre la revista o haga una mención a ella para que sintamos una extraña sensación de alegría recorriendo el cuerpo. Un sentimiento de complicidad. Y que, sin mucha justificación aparente, lo invitemos a tomar algo y charlar. Le contemos anécdotas relacionadas con esta bomba rockera o directamente le abramos nuestro corazón como si estuviéramos ante un hermano. Algo no muy sorprendente porque la revista, insisto, es un sábado. Una fiesta. Algo parecido a contemplar un episodio de El equipo A y otro de Mazinger Z mientras se escucha un disco de The Replacements. Es, en definitiva, un paseo por un psiquiátrico donde se reproducen continuamente los clásicos incontestables del rock. Y, de todas partes, aparecen ninfómanas, seres retraídos, inadaptados, masturbadores compulsivos, apasionados guitarristas, adolescentes perdidos que bailan frenéticas danzas que traen consigo libertad, vicio y locura. Y, sobre todo, dan inmensas ganas de gritar lo gozoso que es estar vivo. Shalam
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