Caramelos de ruido
Parece mentira que la banda sonora durante estos últimos días de un libro tan duro como Ruido sea una canción dulce y sensual de Boston llamada...
No importa cuántas veces se escuche, que el misterio de la obra de Stravinsky pervive. Creo, de hecho, que La consagración de la primavera explica a Picasso mejor que cualquier catedrático. Y por extensión, a todo el cubismo. Pues fue una mariposa musical que consiguió que los sonidos se transformaran en colores. Un arco iris asesino que conectaba la modernidad con la antigüedad. Permitía vislumbrar rituales primitivos dentro de la sociedad industrial y convocaba fantasías en ciudades cuya imaginación comenzaba a ser aniquilada por las tuercas y máquinas.
Todavía me resulta increíble lo conseguido por Stravinsky en esta obra: lograr que el lenguaje musical avanzase varias décadas sin dejar de sonar intemporal. El compositor ruso fue capaz de transformar la violencia en belleza y el horror en cultura. Conseguir que la primavera no alcanzara únicamente el corazón de Orfeo sino el de todos los seres humanos. Hizo comprender mediante un ballet onírico y perturbador que la belleza es instantánea y fugaz. Y por ello es siempre moderna. Un hilo de risa divina que cobra únicamente su sentido total cuando perece.
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