Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Como es de prever, la literatura de Quiroga es extrema. No toda porque también escribió cuentos para sus hijos que formaron parte rápidamente de diversas antologías de relatos infantiles. Pero la huella de su escritura es salvaje. Lo que ha quedado y es leído y estudiado del autor uruguayo son una serie de relatos delirantes y furtivos en los que el ser humano es llevado al límite.
Horacio Quiroga fue más allá de los románticos porque no pintaba el abismo. Vivía en los abismos. Y por eso se le ha considerado en parte con justicia como el Dostoievsky de la literatura americana. No tanto por la temática de su obra sino porque se percibe que sus textos eran balsas espirituales para él. Maderos a los que asirse en medio del completo naufragio vital que experimentaba. De hecho, es el artista de la agonía y la supervivencia. De la destrucción. Un escritor que, en realidad, no hablaba sobre la oscuridad. Era la oscuridad. Vivía en la oscuridad, tal y como reflejan narraciones que son casi la pura traslación de la desazón y el desquicie. Húmedos escritos llenos de barro en los que la soledad y la impotencia se sienten con tanta intensidad como la melancolía y la locura en los relatos de Edgar Allan Poe. Y además, es habitual la presencia de seres tullidos y gestos violentos e incomprensibles que son manifestaciones del absoluto desbordamiento de la mente humana así como las tormentas, el calor y la lluvia continua amazónica (y también el cólera y la fiebre) lo son tanto del mundo interior convulso de sus personajes como de la ciénaga metafísica. Del cielo absoluto y el huidizo infierno.
No obstante, y a pesar de las condiciones existenciales en las que escribió, Quiroga es un autor muy preciso. Llevaba de las riendas la historia y pocas veces perdía su control. Sabía concitar tensión en sus lectores. Invocar muertes y cataclismos con dos o tres frases y crear párrafos parecidos a la hojarasca con unas pocas descripciones y metáforas. En realidad, era un hombre desnudo y sincero. Casi idealista. Un luchador. Su misterio radica en que deseaba escribir, tener una vida dichosa, pero no podía. Vivía con un demonio pegado a su espalda e intentaba liberarse de él urdiendo historias que lo empantanaban más y más hasta el punto de ahogarlo y enterrarlo en vida.
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