La dimensión desconocida: David Lynch
El primer artista cuyo nombre acude a mi mente a la hora de hablar de agujeros negros es -¿podía ser otro?- David Lynch. Algo lógico teniendo en...
Para Glawogger, los prostíbulos son placebos que reproducen las condiciones exteriores de la sociedad. Ni las empeoran ni las mejoran. Simplemente las reproducen. Las reflejan con la misma claridad y exactitud con la que los clientes contemplan a través de los cristales, la fisonomía de una serie de prostitutas en un prostíbulo de Bangkok (Tailandia). Y, en cualquier caso, deja claro que, más allá de hipocresías, cinismos y críticas absurdas, los prostíbulos no desaparecen o se encuentran en peligro de extinción porque contribuyen a la paz social. Al desahogo. Son un espacio sin más ley que la del dinero (que es, en fondo, lo que el capitalismo es) destinado al obrero o economista abrumado por leyes, notas a pie de página o un trabajo esclavo. Son recintos especializados en el placer sexual gracias a los que, una vez que los instintos han sido liberados, los estados pueden garantizar el orden social tanto en barrios conflictivos y con un gran capital humano en riesgo de exclusión como en ámbitos más lujosos donde el peligro más bien es la psicopatía.
En realidad, creo que Glawogger era -signifique lo que signifique esto- un humanista. Un hombre con conciencia. Y por ello, las prostitutas en su documental -vuelvo a repetir- no son víctimas ni culpables. Pero tampoco seres humanos normales (si es que tiene algún sentido esta calificación). Más bien, son heroínas sin conciencia de serlo. Heroínas manipuladas y en algún caso, nihilistas. La última hebra que permite que los suicidios no se reproduzcan con la facilidad que lo hizo la lepra en siglos pasados, consiguiendo de paso que los estados no estallen unos contra otros o las agresiones entre los seres humanos de un mismo país desemboquen en guerras civiles.
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