Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
The office tenía la virtud de hacernos reír con lo banal. Con los tiempos muertos. Con todas esas reuniones inservibles, remodelaciones de plantillas e interminables jornadas de entrevistas a las que el americano medio dedica horas y horas de su vida. Era un prueba muy clara de que el trabajo en la empresa actual consiste más en pensar la manera más eficaz de trabajar que en realizar las tareas más elementales. Michael Scott, el rutilante protagonista de la serie, era, por ejemplo, el maestro del escaqueo. ¿Qué hacía realmente en su trabajo? Básicamente, ejercer de bufón. Su puesto justificaba cualquiera de sus comportamientos y actitudes.
The office, en definitiva, demostró que, a estas alturas, no hay norteamericano que no sea un nerd. Que todos somos nerd. Uno de ellos, esa masa de huesos y donuts llamada Dwight Schrute, se convirtió, sin ir más lejos, en el «foco de atención» de la serie durante varias temporadas. Algo comprensible porque pocos personajes han retratado con tanta visceralidad al trabajador medio norteamericano. Alguien con una enorme vena agresiva sublimada por su deseo de ascender y conseguir unos cuantos dolares más.
Vista con el paso del tiempo, creo que The office deja muy claro que los norteamericanos empezaban a estar hasta los cojones de lo políticamente correcto. Que necesitaban un Trump o alguien que pusiera los pies en la mesa y si es posible comiera unos cuantos macarrones con las manos. Más que nada porque The office estaba llena de humor infeccioso. Era una jocosa loa a muchos de los contenidos culturales y tópicos prohibidos por la socialdemocracia. Era pura subversión disfrazada de entretenimiento vulgar. Y, en cierto modo, reflejaba una salvaje pulsión de brutalidad creciendo en el país que antes o después, iba a estallar.
0 comentarios