El «otro mundo»
Teniendo en cuenta el ruido y la basura que recibimos habitualmente, muchas veces pienso que la mejor opción sería callar. Llenar de luto avería y...

¿Quién sabe? Lo cierto es que, a pesar de los besos y su mirada de ángel, de toda la energía que la novia japonesa me enviaba ayer, hoy, al despertar, sólo encontré un motivo para vivir: el odio. Vislumbrar los rostros de mis enemigos suspirando de alivio al saber que he expirado, me hacía resistir. De hecho, imaginarlos retirándose a un lado porque, a pesar de todos los obstáculos, finalmente había conseguido mis objetivos, era un resorte, casi un trampolín o un propulsor de inmensa fuerza que me empujaba a continuar. Tanto que creo que he comenzado a amamantar su rencor. Besar las sonrisas despectivas de aquellos que se alegrarían de mis fracasos. Pegarme como una sanguijuela o un esclavo vicioso a su desprecio. He empezado, sí, a querer y respetar su ira y rencor casi como si se tratara de un ingrediente sagrado y a no considerar su odio como algo absolutamente negativo, sino también como fuente y raíz de vida. Uno de los sentimientos que tuvo que originar dios (no en vano el dios Odio tiene un destacado lugar tanto en el santoral romano como egipcio) con el fin de disgregarse en legión y multiplicar el puzzle de la creación, permitiéndonos realizarnos en libertad y experimentar una existencia auténtica. Esto es: vivir amando, odiando o como lo deseemos, pero, al fin y al cabo, vivir y cumplir la misión para la cual fuimos concebidos que sin el odio, sí, sería imposible de llevar a cabo en su totalidad. Shalam
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