La ley y el orden
Creo que el gran mérito de Better Call Saul no se debe tanto a su estupendo intérprete o cualquier otro aspecto técnico y artístico sino a la manera...
Ahí va:
Ignoro si muchos seguidores de Los Soprano han leído alguno de los discursos de Isaías, un poema de Rumi o conocen las célebres enseñanzas de Nasrudim, o si muchos de ellos realizan meditaciones o practican yoga habitualmente. Tampoco sé si el profeta bíblico, el místico sufí o el poeta persa estarían interesados en contemplar las seis temporadas de la serie Los Soprano de encontrarse vivos. Lo que sí que me atrevería a sugerir es que, de haberlas visto, ninguno de ellos hubiera puesto objeción alguna a su conclusión. Al contrario, la hubieran aceptado tal y como es. Y, desde luego, no hubieran querido participar de ese juego absurdo que consiste en buscar diversas interpretaciones a un misterio que resulta imposible desentrañar como es la muerte de un hombre; en este caso, Tony Soprano. Estoy firmemente convencido de que los tres sabios no hubieran querido ahondar más en el desenlace de la serie. Que incluso les hubiera complacido la visión de David Chase sobre la vida del temible gangster. Y que hubieran pronunciado varios versos sagrados al observar que la pantalla se tornaba oscura y muda. Porque, en verdad, hay pocas formas más respetuosas a la par que geniales de filmar la muerte de una persona que aquella con la que su creador quiso poner punto y final a uno de los mayores monumentos épicos, artísticos de nuestro tiempo.
La época que vivimos actualmente es increíble en muchos de sus aspectos. Pero también muy lamentable en otros. Tanto que cuesta imaginarse a la mayoría de jóvenes norteamericanos (o anglosajones) seguidores de la serie, desplazándose a La India o a África por otro motivo que no sea una empresa bélica o económica. No hace demasiado tiempo no era así. Las sinfonías pop de grupos infravalorados en nuestra época como Génesis o Yes fueron, a principios de los 70, la banda sonora ideal para los muchachos de una generación ansiosa por cambiar el mundo y descubrirse a sí misma. Algo que hoy en día nos parece inverosímil. Motivo por el que tal vez nos suena extraño, muy extraño pensar que un norteamericano pudiera dirigirse a estos continentes en busca de la revelación y comprensión de arcanos secretos. Y aún más, si el viaje tuviera como objetivo algo relacionado con la muerte de Tony Soprano. Normalmente, cuando uno se dirige en peregrinación a un sabio suele preguntarle por asuntos concernientes a su yo íntimo. De ser posible, trascendentales. Y no es muy verosímil que lo haga sobre una obra de arte. Menos aún, si esta es actual. Ok. Podemos imaginarnos a un muchacho preguntando sobre el significado de don Quijote a un gurú indio. Pero nos cuesta mucho más visualizar a alguien interrogándolo sobre el final de Los Soprano. No únicamente porque su realización es excesivamente reciente -lo que resta capacidad y poder mítico, simbólico a la obra- sino también, porque se entiende que hablar de Tony Soprano puede ser una excusa elegida por el consultante para no hacerlo de sí mismo, su angustia y problemas. Reacción que, en cierto modo, ha provocado un maravilloso final como el diseñado por David Chase para su creación. Pues muchas personas han buscado comprenderlo de todas las formas posibles y utilizando cualquier medio a su alcance, en lo que pienso no es sino una forma de huir de sí mismos y de una experiencia que, queramos o no, todos vamos a experimentar como es la muerte.
Llama la atención además, que sean precisamente muchos de los jóvenes anti-sistema que lanzan proclamas contra las películas de Disney o tantos y tantos films edulcorados, los primeros que protestaran contra esta conclusión y realizaran todo tipo de investigaciones para explicar la muerte de su anti-héroe favorito, negarla o averiguar sus motivo. Sobre todo, porque este hecho nos indica que la cultura occidental, en su mayor parte, todavía no ha podido dar respuesta a un hecho tan trascendental como el ocaso de la vida. En cualquier caso, esto no es problema de David Chase. Un autor que además, tuvo la delicadeza de ir previniendo al espectador respecto al desenlace de la serie -¿podía haber otro?- utilizando una serie de símbolos que han sido con más o menos fortuna analizados en múltiples páginas webs de, entre las que destacaría, la excepcional www.masterofsopranos.wordpress.com. Por lo que no entraré en ellos ni en una serie de señales que, bien analizadas, se entenderá que nos llevan de la mano hacia la conclusión de una saga que incide en un hecho que, solo lentamente, se está comenzando a admitir -pero del que seremos testigos con seguridad en las próximas décadas-: la caída del imperio americano. La lenta pero segura muerte del sueño americano que, al fin y al cabo, es la sublimación que han construido los mass-media de un país racista donde impera la ley del más fuerte, el capitalismo feroz, se glorifica la violencia y cuesta mucho aceptar procesos naturales como la vejez o la muerte.
Creo que, de alguna manera, lo que hizo Chase fue retratar con precisión de cirujano la decadencia de un país. Poner en evidencia sus neurosis. Mostrar el aniquilamiento de todas aquellas ilusorias mentiras y sueños en los que creyó. Y por eso fue tan traumática e incomprendida la muerte de Tony Soprano y afectó tanto a los brokers de Wall Street como a los activistas anti-sistema, estudiantes universitarios, amas de casa o a jubilados. Porque detrás del monstruoso gangster no se encontraba un personaje televisivo sino toda un pueblo que se veía retratado en él. Y entendía a través de los distintos episodios de una serie inolvidable que, aunque la Constitución o los libros de texto dijeran lo contrario, así es cómo se levantaron las ciudades, las grandes fortunas y se convirtieron en la nación más importante de la tierra: a golpes de violencia y traición. Salvajismo y crueldad. Motivo por el que se admiraba tanto a Tony Soprano, muchos de los televidentes hubieran deseado que fuera su padre o al menos, un familiar lejano al que poder recurrir en el momento indicado y dolió tanto esa muerte que Chase se vio obligado a ocultar a un espectador que, en muchos casos, no pudo ni supo asumirla porque se veía reflejado en ella. Y, aunque no fuera consciente de este hecho, era quien se ponía delante de un psicoanalista cada vez que el jefe de la familia Soprano visitaba a la Doctora Jenifer Melfi.
Dicho esto, entiendo que se comprenderán mejor las innumerables teorías que ha despertado este final. Que, en realidad, no me interesan demasiado. Más me atrae de hecho, imaginar una hipotética conversación sobre la muerte de Tony Soprano entre un joven norteamericano y un sabio hindú.
Intuyo que el Iluminado -que habría escuchado al muchacho con los ojos cerrados- se tomaría su tiempo para contestarle. Y que, antes de comenzar a hablar, respiraría lentamente, muy lentamente y profundamente, dejando que el aire se desplazara de la cabeza a sus pies libremente. Tal vez, tras meditarlo pacientemente, iniciaría su discurso repitiendo algunos versículos del Sermón de los dones que Zacarías pronunciara en el Valle del Hinón. Insistiendo en concreto en una de sus partes. Aquella en la que el profeta bíblico afirma que dios creó el océano y los mares bravíos para que experimentásemos la grandeza de lo desconocido y entendiéramos que la vida, en esencia, es una aventura cuyo final no conoce nadie. Y tras mirar al norteamericano, ahora sí, fijamente, el sabio hindú le dijera que si ni siquiera dios sabía de ciertos misterios y secretos del mundo que había creado, como pretendía él, un chico sin mucha experiencia nacido en Ohio, conocerlo todo sobre cualquier tema, aunque el caso que les ocupara fuera una serie de televisión.
Después de pronunciar estas palabras, tras tomarse el tiempo que considerara necesario para oler el aroma de incienso y mirra procedente del altar, probablemente el Imán le preguntara al muchacho si acaso en las Universidades norteamericanas no se estudiaba al poeta Ibn Arabi en cuya lectura era muy habitual que se adentrasen, desde su adolescencia, los nacidos en muchos países orientales. Seguramente, afirmaría, no había tenido el placer de conocer bien la bella obra de este poeta pues de ser así, no le habría hablado como lo había hecho hasta entonces. Pues habría tenido la oportunidad de leer el poema Primavera en el que el sabio árabe indicaba que dios quiso que nuestro planeta girara continuamente para que, como el poeta griego Heráclito dijera, entendiéramos que cada día, momento y segundo era una oportunidad, y la existencia, una experiencia irrepetible que no podíamos, en absoluto, desaprovechar. Tal y como, a su juicio, estaba haciendo el joven norteamericano intentando indagar en los motivos del final de aquella serie televisiva.
Tal vez, no sería hasta ese momento, que el Iluminado decidiera extender sus brazos y modificara su postura. Puede que incluso pidiera a los dos recios hombres vestidos únicamente con una minúscula toalla negra situados en sus laterales, que le acercaran unas ramas de tabaco de mascar. Y que, tras degustar su sabor tranquilamente, le dijera al joven casi en susurros y moviendo sus manos con delicadeza, que sus planteamientos y cuestiones le habían sorprendido verdaderamente, cuando ya no creía que esto fuera posible. Pues para él, Los Soprano había sido una revelación gracias a la que, por ejemplo, había comprendido mejor a William Shakespeare; un autor muy mencionado en las Universidades orientales pero poco comprendido dado que su lenguaje era de otro siglo, un tanto rudimentario, a veces medieval y bastante difícil de descifrar. Al contrario que la creación de Chase, cuyos códigos eran muy inteligibles. Además, le parecían muy esmeradas las interpretaciones de sus protagonistas de quienes había llegado a dudar si en realidad eran actores. Y le resultaba dificultoso citar una obra reciente que tuviera tal cantidad de escenas memorables, o que describiera directamente, sin trampas ni trucos de artificio, a la mafia. Respetando sus ritos y mitología sagrada pero también atreviéndose a retratarla en su cotidianeidad, llevando finalmente, el género negro más allá de donde lo condujo Francis Ford Coppola en su trilogía El padrino.
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