Destructor
Dentro de varias décadas, Michael Ironside probablemente no sea más que una nota a pie de página en un libro sobre la historia del cine. Tal vez...
Que el surgimiento de la cultura y el nacimiento de las primeras ciudades trajo consigo el mal e instituyó el reino del pecado lo dejaba claro, por ejemplo, la serie desde su tradicional obertura: la insidiosa imagen de una serpiente reptando en libertad sobre un mosaico romano en el que se encontraba retratado el emperador Claudio conforme sonaba una sinuosa melodía que anunciaba que lo que íbamos a contemplar era, exactamente, puro veneno. El principio del teatro de la crueldad. Traiciones sin fin, degollaciones y muerte. Rapacidad y vaginas exudando placer ante unas cuantas cabezas decapitadas. En suma, el poder ejerciéndose sin contemplaciones y sin más barreras que unos cuantos senadores defensores de la República. Mansos adalides de un Imperio -el romano- que comenzó a fracturarse desde su cabeza y para cuando se derrumbó, había dejado detrás suya una cohorte de personajes dictatoriales, extravagantes, narcisistas, corrosivos y violentos digna de aparecer en cualquiera de los círculos más profundos del infierno dantesco o en la historia de la infamia borgeana. De tener, en definitiva, su historia escrita en letras de oro en los anales de la historia del sadismo.
La grandeza de Yo, Claudio radica en conseguir que los espectadores nos hagamos cómplices de lo que narra y, sobre todo, de su protagonista: el sagaz e inteligente Claudio imaginado por Robert Graves. Lograr que sintamos que estamos asistiendo como testigos mudos a varios de los episodios más fastuosos (y terribles) de la historia de Occidente como si se desarrollaran en una habitación contigua a la nuestra. Pudiendo además entenderlos tanto intelectual como intuitivamente hasta el punto de que cuando contemplamos a un adolescente Nerón o atisbamos por primera vez el rostro de Calígula, no sólo vemos comprensible lo que sucederá a continuación sino que, de golpe, vislumbramos la magnitud pero, sobre todo, la realidad de aquello que narran los libros de historia. Esos tratados escritos en latín arrumbados debajo de los púlpitos donde monjes y reyes se besan mutuamente.
En Yo, Claudio no hay apenas escenas que sobren. Todas tienen su sentido. Responden meticulosamente a un plan maquiavélico. Porque la serie muestra que los clímax y momentos cumbres de la vida son producto de decenas de actos, esfuerzos y escenas anteriores. Y si deseamos entenderlos, debemos estar atentos a ellas. Pues únicamente así constataremos cómo el arte y la vida se imitan mutuamente.
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