De entre los muertos
No necesita presentación. En un principio, Vértigo fue un filme un tanto minusvalorado e incomprendido, pero con el tiempo se ha convertido en un...
Me refiero a aquella que se lleva a cabo en un taxi entre las calles de una Almería cuyos paisajes desiertos y oscuros se simbiotizan con el alma rasgada y desquiciada del personaje principal de la película, Óscar. No sé si debería describirla dado que tal vez alguien se sienta atraído por esta película y decida verla. Pero al menos me gustaría dejar constancia de que captó toda mi atención durante los minutos que duró y me devolvió la fe en el cine. En ella, un típico y dicharachero taxista andaluz (excelentemente interpretado por Antonio de la Torre) cuenta alegremente su vida a un hombre, Óscar, silencioso y reconcentrado en sí mismo al que nada podría interesarle menos que esa charla sin ton ni son. En un momento dado, Óscar le responde cortante y bruscamente al taxista y éste toma conciencia del escaso interés que sus discursos despiertan en su pasajero. Lo que genera un tira y afloja entre ambos tan reconfortante como estimulante. Una abrupta discusión sobre el pago del dinero o el lugar donde el taxi debe detenerse cuya tensión traspasa la pantalla de lo real que parece.
La mitad de Óscar es una película bastante interesante. Y, desde luego, tal vez por mi estado de ánimo al verla, empaticé con sus constantes tiempos muertos. Aunque probablemente si no fuera por la fabulosa escena a la que acabo de hacer referencia, no hablaría hoy aquí de ella. Más que nada porque al contemplarla, reviví algunos de las razones por las que me enamoré del séptimo arte en su momento. Esto es; por su capacidad de retratar un pedazo de vida casi sin proponérselo, ejerciendo así de resumen, testigo y espejo de nuestra existencia. Shalam
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