Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Bette Davis tenía una herida en su corazón que se traslucía en pantalla e inundaba de tristeza, violencia y dolor a la mayoría de mujeres que interpretó. Y la hizo ideal para encarnar personajes vengativos y atormentados. Mujeres cuya satisfacción era salirse con la suya más que cumplir con los roles sociales. Me estoy refiriendo al temprano abandono de su padre. Una separación que la sumió desde muy niña en los abismos de la depresión y la inseguridad de los que ni tan siquiera la sobreprotección de su madre pudo librarla. La convirtió en una persona desconfiada con cierta amargura que aprovechaba para interpretar mujeres rocosas, egoístas, luchadoras y frívolas que con una sola frase desmontaban a sus oponentes. Y para profundizar en la escalera del odio y el tormento. Aportar todo tipo de matices a caracteres superficiales que ella convertía en creíbles y a personajes autodestructivos que ella humanizaba, transformando su drama en una epopeya universal totalmente veraz. Algo que se puede comprobar repasando algunas de sus inolvidables interpretaciones en La loba, Jezabel, El bosque petrificado o Eva al desnudo.
Bette Davis fue una actriz que se impuso por su carácter y no por su belleza. Demolió corazones por su personalidad. Sabía que la mayoría de hombres no estaban a la altura de su mito y no dudaba en expresarlo en voz alta. Parecía, sí, indestructible pero, no obstante, sufrió lo indecible cuando se fue de la Warner, conforme fue envejeciendo y, sobre todo, por el retrato que su hija hizo de ella en una biografía en la que lo más hermoso que le decía era monstruo y aparecía como una persona obsesiva, maniática y tremendamente neurótica.
No obstante, tampoco creo que sea completamente exacto el feroz retrato que su hija hizo de ella. En absoluto. Pienso más bien que, más allá de su fortaleza, Bette era alguien sensible. Mucho. Y por ello, era capaz de llegar a límites extraordinarios tanto en sus odios como en sus amores. No tenía fondo y aspiraba a dejar su huella y personalidad allí donde aparecía. Lo que la transformó en una mujer indomable y, en cierto modo, difícil que se vio obligada a pagar el precio de la soledad para ser ella misma. Para desarrollar ese descomunal talento que poseía que convertía una tarde mediocre en memorable por el mero hecho de verla aparecer en la pantalla dictando el ritmo de la realidad. Marcando el ritmo de los acontecimientos. Shalam
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