Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los caballeros medievales se convertían aquí en bestias cruentas más propias de una novela de realismo sucio que de un relato mítico. Se transformaban en fieras silenciosas y máquinas cruentas de matar en medio de paisajes llenos de sangre, mierda y barro en los que una muerte por decapitación era casi deseable teniendo en cuenta las distintas maneras de torturar y asesinar a cual más retorcida. En cierto modo, se veían envueltos, sí, en un caos cósmico cuya brutalidad, silencio y sofisticación remitía por momentos a filmes del cariz de Valhalla Rising de Nicolas Winding Refn. A esa nueva épica fascista que no costaba demasiado comparar con la lógica bastarda de los mercados.
Además, no había buenos ni malos. O al menos no había buenos buenos y malos malos. La mayoría de personajes sufrían debates morales que los fortificaban o destruían y no eran ni totalmente inocentes ni totalmente culpables. Aunque dicho esto, lo cierto es que no se recuerdan muchos malvados de manual telefílmico como Los Lannister. Una familia perfectamente integrada en los tiempos de cólera y furia que se respiraban tras el asesinato del rey loco Targaryen cuyo sibilino maquiavelismo hacía recordar a algunos de los carismáticos rufianes que poblaron la pantalla de nuestros hogares durante los 80 en series del cariz de Dinastía, Dallas o Falcon Crest. Aunque en este caso, al par clásico formado por el crimen y la codicia habituales, había que incluirle el incesto. Y tal vez también la locura y la crueldad. Una hidra infernal de la que surgían los meandros de un poder oscuro irresistiblemente atractivo.
Juego de Tronos ofrecía inquietantes escorzos cinematográficos. David Benioff y Dan Weiss tenían un eminente talento visual. Lo mismo componían escenas dramáticas en acantilados que hacían pensar en Friedrich que trazaban severos lienzos de la corte que remitían a Tiziano. El mundo clásico y el fantástico eran combinados de forma equilibrada de tal forma que por momentos se tenía la impresión de estar asistiendo a una recreación histórica de la época de los Borgia, en otros, a una muy lograda adaptación de un relato de Rober E. Howard o Lord Dunsany y en ocasiones incluso a un viaje por los primeros reinos mesopotámicos. Los paisajes, ciudades y luchas que tuvo que haber en aquella civilización considerada cuna de la humanidad. Además, Benioff y Weiss lograron algo muy difícil: ofrecer un tratamiento adulto a las historias de espada y brujería más allá de lo mejor o peor que estuvieran encauzadas literariamente. Algo que hasta entonces yo en particular únicamente había alcanzado a vislumbrar con plena satisfacción en el Conan de John Milius y Black Death de Chistopher Smith.
En sus mejores momentos, Juego de Tronos era una metáfora de las luchas del poder político. A veces casi una radiografía. Un abrasivo drama que permitía recrear batallas de guerra históricas, contenía sarcásticos diálogos de altura que parecían sacados de una comedia de enredos del Siglo de Oro y se abría a interpretaciones de los conflictos por el cetro de hierro utilizando los libros de Thomas Hobbes o Maquiavelo. La serie era una pasada. Combinaba entretenimiento y arte de manera adictiva. Era una pastilla de chocolate de intenso sabor con cuya sobriedad, impiedad y violencia no costaba identificarse porque, en gran medida, eran las experimentadas por muchos occidentales durante el marasmo económico. La absoluta soledad y debilidad del pueblo de Juego de Tronos era idéntica a la de miles de personas arrojadas de sus casas por un poder que no atendía súplicas ni ruegos de ningún tipo. Y contentaba por igual a los amantes de El señor de los anillos como a los de Shakespeare. Jugaba en varias ligas diferentes pero en ambas lo hacía con contención y eficacia. De hecho, las muertes inesperadas y trágicas en momentos cumbres de la historia le conferían un cariz realista. Le ofrecían verosimilitud. Y por lo general, estaban muy bien trazadas y encadenadas. Como parte de una trama entre sombras llena de engaños y supercherías que debía desembocar de un modo u otro en el crimen. La vasta enfermedad de una tierra sin esperanza.
Exactamente, las dos o tres últimas temporadas de Juego de Tronos fueron un aún hay más todavía que comenzó a resultar inverosímil no tanto por lo que narraban sino por la falta de coherencia interna. En verdad, llegados a un punto, ya no importaba lo que ocurría en pantalla. Porque Juego de Tronos era ante todo, tensión y épica. El retrato de una iracunda era. Contradicciones humanas sutilmente desarrolladas y exploradas en medio de una guerra. Y terminó convirtiéndose en una carrera por hacer el episodio con mejores efectos especiales, el más recordado de la historia de la televisión, entre apresuradas firmas de contratos de sus directores, miedos de los productores y actores por romper no sé qué claúsulas económicas o publicitarias y el vacío enorme de Benioff y Weiss por no estar guiados por la epopeya original. Por la mano del verdadero creador y ganador de este entuerto: George R.R. Martin. Alguien al que tal vez ya se le pueda comparar con J. R.R. Tolkien cuya paciencia a la hora de terminar de urdir la historia -a pesar de las constantes presiones y supongo, crisis personales- habla mucho y bien de su rigor y respeto por la literatura. Por el arte en general. Shalam
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