Andrei Tarkovsky: la fe en el espejo.
Ha habido pocos cineastas que me hayan influido personalmente tanto como Andrei Tarkovsky. No sólo por sus películas sino por algunas de las...
Otro momento muy revelador referente a otro de los libros que realicé, ocurrió durante una fiesta organizada por la editorial Sexto Piso en Xalapa. Allí se encontraba Mario Bellatin. Escritor sobre el que me encontraba terminando de hilvanar la novela La risa oscura. La celebración transcurría con normalidad hasta que, por efecto de las drogas y el alcohol, la mayoría de asistentes comenzaron a desinhibirse y bailar. Y el consiguiente desenfreno produjo que, en un momento determinado, el escritor mexicano se comportara tal y como yo lo había descrito en una escena de mi texto meses antes. Circunstancia que me hizo cerciorarme de que tanto el retrato como el análisis psicológico que había llevado a cabo del cyborg mexicano, había sido el adecuado. También fue muy importante durante la realización del ensayo Sergio Pitol: las máscaras del viajero, un sueño que tuve con Sergio Pitol. En aquella alucinación nocturna, yo conversaba con los padres, abuelos y familiares del escritor mexicano como si fueran mis hermanos. Sentía familiaridad y agradecimiento por parte de todos ellos. Y gracias a estos sentimientos amorosos que me llegaban del más allá, me llené de la confianza que me faltaba para llamar por teléfono a Pitol y agendar una cita en su casa de Xalapa. Un encuentro lleno de momentos reveladores y mágicos durante el que Sergio me preguntó dónde me dirigiría el día después. A lo que yo respondí que estaba pensando en ir al Tajín. No pareció muy contento no obstante, el escritor de mi elección porque, rápidamente, me sugirió que fuera hacia Huatusco, el pueblo donde había pasado sus primeros años de vida y se instalaron sus ascendientes. Y hacia allí finalmente encaminé mis pasos. Decisión de la que no me arrepentiría pues al poco de llegar a esa entrañable población, mientras miraba fijamente un cartel indicando que en esa casa pasaba consulta un doctor con apellido Pitol, trabé conversación con una mujer que resultó ser la sobrina del genial escritor. Quien, tras hacer saber que yo era un estudioso de la obra de su tío, no dudó en llevarme en su camioneta a conocer los hermosos parajes en los que Sergio se crió, donde viven actualmente un gran número de sus parientes, que resultaron ser tan encantadores, amables y receptivos como él lo es.
De todas formas, a veces no tienen que ser necesariamente signos muy ostentosos o símbolos excesivamente significativos, los que me hagan comprender que camino por el sendero adecuado. Basta por ejemplo, con una mínima coincidencia para entenderlo. Sobre todo, cuando me encuentro en los albores de un nuevo proyecto. Pues, según mi experiencia, hasta que no estoy en fase de finalización del libro, no suelen aparecer las grandes revelaciones. No llego a saber las razones por las que la vida deseaba que acometiera esa empresa. Algo que, por otra parte, supongo que nunca se termina de conocer del todo.
Contemplando esa escena, observando el peregrinaje de los tres Ulhamr por parajes sin edificios ni pasajes publicitarios -pues la película se desarrolla en un tiempo en el que una casa era una cueva, el agua potable procedía del río o la lluvia y el único automóvil eran nuestros pies- sentí vértigo y fascinación. Tuve la sensación de que la Tierra era un planeta desconocido y los tres hombres primitivos que caminaban por su superficie, eran astronautas o alienígenas. Lo que me hizo volver a insistir en un pensamiento que ha sido bastante recurrente en mí durante los últimos días: que el género de la ciencia ficción es el más fiel en recoger y transmitir la sensación de misterio, asombro, miedo y expectación que tuvieron que tener los primeros habitantes de nuestro planeta. Pues el origen y el fin se encuentran conectados por un tejido secreto como también lo están el pasado remoto que desconocemos y el futuro lejano. Aspecto este que entendió perfectamente Stanley Kubrick en su célebre adaptación de la novela de Arthur C. Clarke, 2001: una odisea del espacio, donde el origen y el futuro de la humanidad se unían en una epopeya que igualaba el descubrimiento de nuestro mundo al de planetas remotos. Algo que no terminó de entender ni desarrollar Brian de Palma en su meritoria Misión a Marte cuyo final (esos marcianos soltando una lágrima porque los seres humanos hemos sido capaces de reencontrarnos con ellos) invalida muchos de los presupuestos que la película indagaba con valentía. Pues, al contrario que en Solaris o en la odisea narrada por Kubrick -obras que insinuaban todo a partir de la abstracción- se nos ofrece una respuesta concreta a la intriga sobre el origen y destino del hombre que pretende cerrar, de algún modo, un tema marcado por el misterio que, en el caso de la película de Jean Jaques Arnaud, (¿sería correcto clasificarla como un filme de ciencia ficción sobre nuestros orígenes?) permanece intacto.
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