Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Dicen los místicos que el nombre marca el destino y yo tenía claro que un texto con ese nombre no podía salirme nunca mal. No puede existir una novela de título Martillo que sea mala. Al contrario, construirla podía representar un desafío que me mantendría despierto y alerta el tiempo suficiente como para garantizar que saldría mínimamente satisfecho al emprenderlo. Dio además la casualidad de que buceando en mi blog, encontré un texto primitivo y en ciernes que dedicaba a la ciudad de Fez (Marruecos) que creí podía servir de inicio al proyecto. Se lo mostré y le pareció bastante divertido y desde ese mismo momento, me puse a trabajar durante horas puliendo aquel primitivo escrito en el que homenajeaba a Las 1001 noches y lentamente y conforme el fuego fundía el acero y los golpes inundaban el ambiente de mi habitación, fui forjando Martillo.
No miento cuando digo que a mí lo que me más me preocupa en principio es el título de un libro. Una vez que tengo uno que me seduce, puedo estar días sin dormir hasta dejar el texto como deseo pero mientras no lo tengo, no me siento capaz de escribir algo mínimamente valioso. ¿Quién sabe el motivo? Desde luego, no yo. Muchas personas me han preguntado por el título del este blog. A la mayoría les miento. ¿Cómo no hacerlo si avería es un blog literario? ¿Alguien espera que yo diga aquí alguna verdad? Normalmente, les comento que surgió porque en el momento de inaugurarlo, varios pollos se entretenían jugando con los cables de mi computadora y tenía miedo de que se produjera una avería en la máquina que no me permitiera escribir. Pero esto es falso. Lo que sucedió realmente fue que estaba escuchando a Javier Corcobado e imaginé un título ideal para una de sus canciones y me decidí a nombrar el blog de esa manera. ¿Es esto realmente verdad? Según se mire. Pero, desde luego, mucho más verídico que la explicación que doy normalmente la cual probablemente tenga algo irrefutable pues al fin y al cabo en los instantes previos a inaugurar el blog había un gallo rondando por la computadora. Un gallo por cierto que había sobrevivido a una ritual de magia orisha acaecido en Veracruz. En un momento dado, los participantes habían recibido el mandato de sus dioses de que debían dejarlo vivo y según las palabras del ultramundo habían actuado.
Martillo es un título que me recuerda a Antonin Artaud con claras resonancias nietzscheanas ante cuyo poder cualquier persona debería sucumbir. Es un texto hecho para abrir puertas y destrozar algunas cerradas con candado hasta ahora. Todo lo relacionado con el libro Martillo ha sido en suma, un arrebato. Una especie de orgasmo mental y casi físico. Como escuchar ciertos discos de Tom Waits o dejarse mecer por la voz y el bajo del gran Phil Lynnot.
Únicamente los muy cercanos saben lo duro que ha sido este año para mí. He de confesar que ha sido uno de los peores de mi vida. Un auténtico desastre. ¡Cuántas veces no he entrado en crisis de ansiedad y he estado cerca de la desesperación por las situaciones que me ha tocado vivir en este México que tanto amo! Ok. Puede que yo sea una persona proclive a la angustia pero las circunstancias no han ayudado en absoluto. Y, en este sentido,escribir Martillo ha sido un bálsamo. Una alegría en este mar de confusión aunque el libro sea el dibujo de un caos. La imagen de un espejo fragmentado cuya historia es imposible recomponer que tiene tanto al escritor de Providence recién mecionado como a David Lynch, los cuentos orientales y probablemente también a William Burroughs como sus máximas influencias. Referencias que cito a modo orientativo y no como condicionantes entre las que entiendo que debería incluir a los cuatro o cinco albañiles que, debido a que mi casera estaba realizando una obra en la casa contigua a la mía cuando lo escribía, hicieron que pusiera el punto final al texto escuchando una y otra vez martillazos a mi alrededor. Mensajes de ultratumba o de otro mundo, no sé bien, que en parte hicieron mucho más gozoso y comprensible para mí el proceso final de escritura. Dándole relieve y sentido más allá de esta realidad.
En fin, no me gustaría despedirme sin realizar una confesión. He de reconocer que aunque tengo un gran e inmenso cariño a Spiderman, mi superhéroe favorito siempre fue Thor. La primera vez que lloré leyendo un libro no fue ni con Emilio Salgari ni Alejandro Dumas ni Fiodor Dostoievsky sino entre las páginas del portentoso Thor de Walter Simonson. Esa joya inmortal. Y me he dado cuenta, con absoluto asombro, conforme escribía este texto, que curiosamente la novela que la editorial Balduque publica, posee el mismo nombre que el arma del mítico guerrero nórdico: un martillo. Con lo que resulta que estoy hablando yo aquí de Friedrich Nietzsche y Antonin Artaud y probablemente no sean ninguno de los dos escritores, las referencias centrales que me han conducido a escribirlo sino esta otra que, escondida en mi mente y mis recuerdos -por más que la tengo muy presente- alumbró toda mi niñez: Thor el Poderoso.
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