Martillo en Xalapa
Estos días y los siguientes apenas voy a escribir en avería. Una costumbre que es casi sagrada para mí. Me proporciona tranquilidad, paz y calma y...
Lope de Aguirre fue alguien que empequeñeció la realidad y convirtió las leyendas en verdades. Un asesino cuyas matanzas justificaban el mal. Un hombre excesivo que convirtió su cabezonería, ansia, desasosiego y cólera en símbolo del devenir de la Conquista y un país. El guerrero vasco era un Quijote sin bondad. Escupía sobre el rostro de gigantes y dragones muertos y rompía en cientos de miles de trozos los molinos que derruía. No prometía una ínsula a los que le seguían. Les aseguraba su completa destrucción. Y que tal vez tendría piedad de ellos si se arrodillaran y besaban sus pies hasta enterrarse en el suelo. El loco de Oñate no era un hombre. Era un dios. Quería ser el guardián del paraíso y que su orina se convirtiera en oro hasta transformar los ríos y las selvas en montañas doradas imbuidas del fuego incandescente que Prometeo robó.
Obviamente, una figura tan controvertida y truculenta ha dado lugar a todo tipo de obras. Debido a que realicé un pequeño ensayo sobre él -una tesina llamada Daimón: una odisea al revés– leí muchas de ellas. Desde la famosa y un tanto reiterativa La aventura equinoccial de Ramón J. Sénder hasta la visión libertaria de su figura concedida por Miguel Otero Silva en Príncipe de la libertad y las reflexiones de pensadores del cariz de Caro Baroja y Unamuno.
Sin embargo, lo que más amo del filme no es ni la banda sonora fascinante realizada por Popol Vuh ni la arrebatadora interpretación de Kinski ni brutales escenas como aquella en que el actor germánico abraza a varios monos ni tan siquiera su hermosa, sucia e inquietante fotografía sino distintas secuencias en las que tan sólo se escuchan los sonidos de la selva: los zumbidos de los mosquitos, el chapoteo de animales en el agua y el golpeo de la brisa sobre las ramas de los árboles. Sobre todo, porque me conectan con los oídos de Aguirre. Con aquello que escuchaban el «loco» y sus marañones: el lenguaje del continente americano. El parloteo sibilino de una naturaleza que, en cierto modo, fue responsable del delirio del conquistador vasco y acabó imponiendo el silencio total y absoluto. Ese silencio metafísico lleno de ruidos que probablemente escucharía Aguirre al morir y le continuará acompañando en el círculo del Infierno donde se encuentre. Shalam
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