La sílaba monstruosa
Resulta sorprendente en cierto modo, el presente auge de la microescritura. Hace 20 o 25 años hubiera sido inconcebible esta situación. Pero el...
Los sueños de la casa de la bruja es un torbellino cuyas líneas hubiera firmado satisfecho el mismísimo Edgar Allan Poe. El texto literariamente mejor conseguido de H.P. Lovecraft. Un cuento realizado con una sutileza apenas vista en su obra. Con la paciencia de un orfebre que moldea las palabras como si fueran notas musicales y la destreza de un mago capaz de mezclar tiempos y épocas distintas y de sumergirse hasta el fondo de la conciencia de los personajes. Es, sí, un relato que parece compuesto por un lúgubre pintor impresionista. Una sinfonía nocturna que, como es habitual en los textos del alucinado oriundo de Providence, evoca mares, peligros distantes y océanos rotos pero, en este caso, dentro de un lúgubre contexto en el que los objetos y almas errantes, crucifijos, relojes abandonados y sueños poseen una estatura humana que los hace aún más inquietantes que los monstruos cósmicos.
Lovecraft escribió Los sueños de la casa de la bruja en los últimos años de su vida. Algo lógico porque se percibe que estaba en poder de todos sus recursos estilísticos. Los manejaba con soltura y grandeza. Por ello, introduce las referencias, metáforas, pesadillas y cruentas imágenes en el momento justo. Sin prisa alguna. Dándose el tiempo de crear una atmósfera que es tan o más importante que lo narrado. Consiguiendo insólitas reverberaciones, terroríficas onomatopeyas y dar forma a imágenes incontenibles parecidas a intensas violaciones lingüísticas que hilvana con un pulso narrativo terso y detallista.
En cualquier caso, más allá de la imponente bruja de Lovecraft, resulta imposible no mencionar el enigmático edificio donde se desarrolla la trama. Puesto que parece estar vivo. Es un opresivo y tortuoso laberinto de reflejos espectrales, repleto de ratas, cuyos pasillos se abren y contraen con la misma facilidad con la que sobrevuelan terroríficas imágenes por este relato parecido a una loza pantanosa. Es un siniestro espacio aún más putrefacto y angosto que las míticas mansiones góticas, que hace rememorar los tortuosos, maleables y absorbentes salones que aparecen en las suntuosas narraciones de William Charles Hodgson. Y, a su vez, anticipa todos aquellos lóbregos edificios llenos de solitarias ánimas locas que aparecerían décadas más tarde en la narrativa de Stephen King o Thomas Ligotti o en relatos como El Aleph de Jorge Luis Borges o La casa de hojas de Mark. Z. Danielewski. Claras muestras, al igual que el cine de John Carpenter o los frescos de la pintura expresionista, de que acaso más que un maestro del terror, Lovecraft fue un profeta del arte. Un sangriento hechicero literario. Un visionario obsesionado con destrozar la literatura y el mundo con su esperma incestuoso que, por el contrario, la hizo renacer. Haciéndola caer en fosos donde faunos hambrientos se alimentaban de los reflejos de la luna y los poetas se convertían al fin en aquello que añoraban ser: asesinos. Shalam
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