Alien: Covenant
Tanto Alien: Covenant como Prometheus son películas eclipsadas por una obra maestra absoluta: Alien el octavo pasajero. Pero esto no significa que...
Que no se pudiera rodar el Dune de Jodorowsky me parece a mí que es un signo de los tiempos que venían. Si durante los años 60 y a medida que se se terminaba de «civilizar» el continente americano, existió la necesidad en la psique humana de encontrar nuevos lugares y espacios que colonizar de los que la aventura espacial era un reflejo manifiesto, en los años 70, tras el aterrizaje en la luna, se vivían tiempos de resaca a este respecto. Basta escuchar «Space Oddity» de Bowie y su continuación -«Ashes to ashes»- 11 años después para entender este cambio de conciencia e interés en la psique occidental. Aquel Mayor Tom de finales de los 60, emocionado ante el despegue hacia una nueva realidad, se había convertido en el ocaso de los 70 en un yonki. Un freakie incapaz de soportar este mundo si no era por medio de los constantes pinchazos que se inyectaba en vena.
Lo cierto, en cualquier caso, es que a la emoción ante un nuevo viaje mental y físico (reflejada perfectamente en la obra de Stanley Kubrick 2001:una odisea del espacio), le prosiguió el desencanto por la imposibilidad de mudarse y poblar ese asteroide y consiguientemente, tanto las directrices políticas como las drogas usadas cambiaron. Es decir, como consencuencia lógica de este desencanto y del consumo habitual de marihuana y LSD se pasó al de heroína y cocaína. Substancias que, en el caso de la heroína, destruyen ilusiones y utopías y en el de la cocaína, multiplican, amplifican y masajean el ego del drogadicto haciéndolo sentir capaz de consumir todo, tal y como deseaba el capitalismo invasivo de la década de los 80 y novelas como Menos que cero o American Psycho ejemplifican y resumen perfectamente.
Teniendo en cuenta estos condicionantes, tal vez se entiendan mejor los motivos del rechazo al maravilloso proyecto de Jodorowsky.
Lo afirma en un determinado momento Jodorowsky en el transcurso del documental: su Dune podía haberse convertido en una obra de referencia cinematográfica. El mayor espectáculo contemplado jamás en una sala. Pero terminó transformado en una utopía imposible de llevar a cabo. Tal vez, repito, en los años previos al aterrizaje en la luna, cuando el cine experimental era una referencia a seguir, la proyección de Dune en pleno Woodstock -entre fanáticos de Grateful Dead y Jefferson Airplane seducidos por la guitarra de Hendrix y la poderosa voz de Jim Morrison- hubiera marcado una época, pero los 70 no era desde luego su momento. Afortunadamente, Jodorowsky no se rindió y una gran parte de las ideas desarrolladas en aquel guión, las plasmó en El incal, Los metabarones y otros cómics de referencia. En gran parte, por tanto, experimentó el destino de Paul Atreides. Tuvo que resguardarse del ataque de los Harkonen para hacer oír su voz sobre un planeta ajeno a todo mensaje espiritual y sometido a un estúpido embrutecimiento -ese desierto de ideas que Pink Floyd habían descrito perfectamente en su The wall– que se empeñaba en cerrar los límites y fronteras del conocimiento al ser humano. Esas texturas que el psicomago ha intentado abrir una y otra vez con sus charlas y creaciones y que describió someramente en esa especie de exorcismo espiritual que fue La danza de la realidad. Shalam
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