Fumeta galáctica
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a una de esas inclasificables bandas que de tanto en tanto emergen en el planeta pop:...
Here the come the warm yets es una sala repleta de artilugios con los que jugar. Una obra que crea un ambiente mágico desde que los flotantes acordes de «Needle in the camel’s eye» la abren hasta que el turbador tema que lo cierra, finaliza. Existe algo indefinible en este disco. Brian Eno era muy consciente de sus posibilidades como músico desde este primer paso. Se nota en la soltura con la que todas las melodías se despliegan. La naturalidad con la que dialogan con el pasado hippie y freakie sin dejar de mirar hacia el futuro. Pocos han retratado tan bien la incertidumbre respecto al porvenir como el músico suizo. Porque a las normales dudas sobre su desarrollo unió la seguridad y firmeza con que se lo apropió. Ya que el propio Eno, fascinado por los sonidos de los tiempos venideros, terminó por inventarlos, crearlos él mismo. Aunque, eso sí, Here come the warm yets no es tanto un disco que diga adiós a una era interrogándose por la nueva sino una conversación amigable con la cultura pasada a la que conduce con dos o tres acordes de sus secuenciadores varios años adelante de un golpe.
La estructura de las canciones por ejemplo es aún clásica y es inevitable que en ellas aparezcan toques y gemidos del glam rock que hacía furor a principios de los 70 o del elegante y travestido pop practicado por Roxy Music pero al contrario, los sintetizadores y muchos de los acordes y maneras de abordar las canciones son totalmente postmodernos. Tienen puesta la mirada directamente en el siglo XXI. Lo que provoca que estas composiciones sean sumamente atractivas y extrañas pues en algún caso, pareciera que estuviéramos escuchando a unos Grateful Dead electrónicos o que los sintetizadores se hubieran bañado en ácido para llevar a cabo una reinterpretación tecnológica de la era Woodstock («Some of them are old») tan cercana de Kraftwerk o Can como de Pink Floyd o Iron Butterfly. Es cierto que el primer disco de Brian Eno no es el primero de The Veltet Underground pero no me atrevería yo a decir que no tuviera tanta influencia como éste en decenas de músicos. Sobre todo, teniendo en cuenta que realizarlo, le abrió a Eno la puerta para colaborar con artistas con los que, de una u otra manera, se encontraba hermanado como es el caso de Robert Fripp (con quien ya había abierto previamente la puerta de los espejos infinitos en No pussyfooting), David Bowie, Harold Budd o David Byrne junto a los que pondría en pie la música de nuestra era.
Al escuchar los sintetizadores de Eno se siente que todo es posible y está por inventar. Se vislumbran años antes de que ocurran, la caída del muro de Berlín, el ocaso de los antiguos movimientos históricos y la introducción de los nuevos. Y también se percibe la inquietud y malestar así como la fascinación hacia las páginas en blanco de la historia. Pues en esencia, Brian Eno hizo de la música una aventura y de cada una de sus canciones, una cacería de nuevas fronteras. Una incursión en el zeitgeist de su época que con unos cuantos acordes de su piano retrató con la misma precisión con la que Ludwig Van Beethoven hizo lo propio con la marcialidad épica de su tiempo.
En verdad, siempre es un placer revolcarse en este disco. Tanto es así que prácticamente considero la posibilidad de escucharlo como un premio. Una clara manifestación de que algo habremos debido hacer bien en la vida cuando se nos permite recorrer sus surcos. Porque atravesar muchos de los caminos abiertos por estas melodías, nos proporcionará un gran número de emociones inéditas y muy valiosas. Tanto que tengo claro que la posibilidad de despeñarse por uno de los precipicios abiertos en ellas debería ser más que un peligro a evitar, una aspiración de todo aquel que se considere a sí mismo artista. Shalam
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