Llorando en el club Silencio: Mulholland Drive.
Hace unas semanas, colgué en averíadepollos una charla sobre la visión de los hispanos en Norteamérica que leeré a mitad de octubre en Siracusa....
Con el tiempo supe que, durante su adolescencia, se alistó en los marines y participó en la guerra del Líbano y comprendí mucho mejor el contenido de su rostro, su manera de mirar y moverse y la angustia que podía descifrarse en su corazón incluso en los momentos más óptimos y placenteros. Además, su infancia en Brooklyn (Nueva York) estuvo llena de mareantes problemas. Era disléxico, fue expulsado de la escuela y estaba acostumbrado a meterse en líos y alternar trabajos en los que no solía permanecer mucho tiempo. Era, sí, un joven destinado a ser carne de psiquiátrico y a deambular sin rumbo por la zona gris de la existencia. A morir olvidado en un callejón. Ser tal vez un matón de discoteca acostumbrado a sufrir las burlas y humillaciones de los niños ricos y a pelearse cada cierto tiempo con cualquier descerebrado. Pero afortunadamente, llamó a la puerta adecuada en el momento preciso y se convirtió en uno de los primeros actores fetiche de un director primerizo, lleno de energía y dispuesto a comerse el mundo: Martin Scorsese. Y desde entonces, se transformó en una de las imágenes más inquietantes y creíbles del cine. Un verso suelto que no encajaba en ninguna parte y era, desde luego, muy difícil de encasillar -de hecho, sólo conoció el éxito masivo durante la eclosión del cine independiente en los 90- pero con una capacidad desbordante para la interpretación. Hacer creíbles sus apariciones y ganarse al público con tan sólo dos escenas y tres o cuatro frases de guión pronunciadas con absoluta naturalidad.
Ciertamente, las traumáticas experiencias vividas durante su juventud, le permitieron encarnar a los tipos más rocosos y duros. Seres que emergían de los extrarradios de las ciudades modernas y sobrevivían en el limbo. Buscavidas sin épica dispuestos a todo que, a pesar de llevar a cabo los asesinatos más fríos y extremos, dejaban traslucir ciertas heridas y sensibilidad que los humanizaba. Los hacía queribles.
La carrera de Harvey Keitel ha estado llena de luces y sombras. Momentos álgidos en que parecía que se iba a convertir en el nuevo Steve McQueen y protagonizar anuncios de champagne para festejar el año nuevo y otros en los que ha desaparecido totalmente del primer plano y podíamos imaginarlo bebiendo alcohol frecuentemente en los bares, acostado apesadumbrado durante horas en su habitación, vagando por cualquier ciudad sin rumbo fijo o pensando si abrir un negocio y retirarse discreta y sombríamente del cine. Por la puerta de atrás.
La grandeza de Harvey Keitel radica en que nadie duda de que es un hombre duro pero, a pesar de los malos tragos que ha experimentado, no ha dejado de lado a su niño interior. Creo que todos sabemos que Harvey es alguien confiable. Una persona que compartiría su droga sin problemas con cualquiera de nosotros y nos prestaría un libro aunque le gustara mucho. En realidad, Harvey no parece un actor profesional sino un aficionado porque se percibe que tiene dudas sobre su manera de actuar. Que cada vez que se pone delante de la cámara, explora la interpretación y apenas posee certezas de cómo debe comportarse. Y se percibe, asimismo, que cada película es para él un reto y la vida, una búsqueda constante. Una interrogación infinita. Y por ello, es el rostro de la aventura. Del viaje artístico. Un hombre que habla de tú a tú con la muerte diariamente y pisa con idéntica facilidad tanto en las puertas del paraíso como en las del infierno. shalam
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