David Byrne
Los dos conciertos a los que he asistido de David Byrne (Cartagena, 1994 y Murcia, 1998) aparecerían probablemente en mi lista de los 10 mejores de...
Desconozco el estado de ánimo que estaría atravesando Colin Towns cuando compuso estas envolventes melodías ideales para revolverse, perderse en nuestras flatulencias mentales y espirituales, pero sí sé que consiguió componer una banda sonora desde el otro lado del espejo. La que hubiera compuesto Lewis Carrol de dedicarse a la música o la que hubiera utilizado Rodolfo II para amenizar una velada en su corte de alquimistas. Una melodía ideal para asistir a una representación del Teatro Negro de Praga y describir el romance eterno que existe entre los vivos y los muertos. En este caso, una madre y su hija fallecida.
Full circle es realmente un exorcismo. Pero un exorcismo reposado y lento. Mágico. Más una invitación y una sugerencia que una imposición. Es uno de esos discos que podrían encontrarse guardados en una biblioteca o un cajón durante décadas cubiertos de polvo y, a pesar del superficial deterioro, mantendría su carácter reposado y tranquilo. Un aroma de misterio. Es un ser vivo consciente de que basta que lo hagamos girar en un tocadiscos para inundar de enigmas y conjuros secretos el salón donde lo escuchemos hablar así como nuestro espíritu. Convirtiéndonos al momento en pasajeros de este y otro mundo. Muñecos, saltimbanquis, niños sangrientos y payasos airados vinculados con el reino de los muertos por medio de este cordón umbilical espiritual compuesto por Colin Towns. Un sinuosa composición encargada de advertirnos de que esta vida no es más que un tránsito hacia la verdadera eternidad. Un combate a carcajadas entre las marionetas y sus hilos. Shalam
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