Takato Yamamoto: éxtasis y horror
Me atrevería a afirmar que, a excepción de aquellos que han llevado a cabo procesos de sanación profundos, la mayoría de los seres humanos vivimos...
La biografía de Frida es una gran novela llena de engaños, pasiones, amor y dolor, mucho dolor. Sufrió poliomelitis desde niña y un famoso accidente de autobús, la postró en cama durante más de un año y posteriormente, la obligó a sufrir innumerables operaciones hasta el prematuro fin de sus días. Obviamente, Frida vivió martirizada. Casi castrada. Pero silenciosamente, fue forjando un imperio. Fue convirtiendo su sufrimiento interno en un placentero espectáculo que la convirtió a su muerte, en una artista mass-mediatica.
En realidad, los lienzos de Kahlo poseen la fuerza de los boleros y los viejos tangos. Porque son viscerales. Probablemente, Diego Rivera le aconsejaría hacerlos de uno u otro modo. Le indicaría ciertas técnicas. Le mostraría determinados caminos. Pero al final, lo que plasma Frida en ellos, son sus celos, su amor, su odio, sus deseos y lágrimas. Porque Frida no pintaba ideas sino sentimientos. Pasiones. Su técnica era su fuerza. Su coraje. No su intelecto. Al fin y al cabo, ella detestaba las reglas. O más bien, no las tenía en cuenta. Era ajena a ellas.
Frida continúa seduciendo al pueblo mexicano porque era casi un reflejo vivo de las artesanas que pueblan sus mercados. Nunca se europeizó sino que mostró una fidelidad obsesiva a las tradiciones ancestrales de la nación. Convirtió, de hecho, sus excéntricos atuendos en marca y moda. Un símbolo del México oscuro e incontrolable. Del inconsciente profundo de un pueblo. Y llevó a los museos y a los terrenos de la alta cultura, el maíz y el nopal. Mezcló los chilaquiles con la luna en medio del vientre de la Pacha mama y cantó voluntariosamente a su dolor conforme describía su vida íntima.
De la relación entre el icono del muralismo mexicano y Frida se ha hablado mucho y con razón. Diego fue el primero en vislumbrar el tremendo potencial de la joven muchacha. En sembrar en su útero rodajas de piña y aguacate para alcanzar la luna. Esa noche llena de estrellas negras. Su amor fue un torrente de puro surrealismo. Una de esas historias locas que hubiera filmado Buñuel sin despeinarse. Se ha pintado a Diego como el macho dominante y castrante. Tal vez un tanto envidioso y temeroso del poder de Frida. Un hombre ambicioso y mujeriego que descuidó al amor de su vida. Pero el tiempo ha demostrado que tal vez fue el sumiso de Frida. Que la que mandaba en la relación era ella. Pero, eso sí, lo hacía desde el limbo. Desde la mudez y la discrección.
Lo cierto es que Frida fue una mujer adelantada a su tiempo pero de una manera totalmente azarosa. Casi instintiva. Porque todo en ella remite al origen. Al mundo ancestral. Ritual. Es, sí, una artista tradicional. Una mujer arraigada a la tierra, enamorada del pasado de su pueblo. De los cultivos y las pirámides. Y sin embargo, alternó perfectamente en medio de los más sofisticados ambientes. Probablemente gracias al origen europeo de su padre. Un inmigrante alemán de origen judeohúngaro cuyo amor con una mujer indígena dio luz a esta artista feroz. Una mujer que parecía mirar directamente al Mictlan y surcar los más remotos abismos diariamente. Transmitía melancolía y alegría a partes iguales. Y aún hoy es posible escucharla susurrar palabras al oído de muertos y vivos mientras su espíritu camina al alba, erguido y orgulloso, por las casas que habitó en México Distrito Federal, proclamando la destrucción del dolor. La llegada de un futuro y seguro Apocalipsis primaveral. Shalam
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