Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Ciertamente, gran parte de las fotografías que se conservan de la sirena no logran captar su mundo interior. Su estado desangelado y crítico. Esas crisis existenciales que quebraban su rostro. En casi todas ellas, no vemos una persona sino un icono sexual. Un fetiche cinematográfico. Esa marca capitalista que siempre se impuso y doblegó el alma de Norma Jeane Mortenson. Una mujer que, en el momento en que decidió cambiar su nombre y convertirse en Marilyn Monroe perdió el contacto con la realidad. Despegó con tanta intensidad hacia el planeta Fama que no hubo forma de recuperar los trozos caídos de su psique y dejó un rastro en la vida real, sus familiares, esposos, amantes y amigos similar al que pudo dejar la Alicia tras atravesar el otro lado del espejo.
Existe, en cualquier caso, una excepción muy palpable a este regla: las múltiples fotografías que Sam Shaw capturó de Marilyn durante la década de los 50. Sam llegó a la vida de la actriz en 1951. Se conocieron durante el rodaje de Viva Zapata y ahí forjaron una amistad que desembocaría en una posterior colaboración artística. Sam estaba acostumbrado a tratar con artistas de mucho peso y ego. Muchas estrellas anhelaban ser retratados por él. Una de sus fotos era otro sello de prestigio y reconocimiento a su historial. Y tal vez por ello, no se dejó impresionar por su apariencia física y conectó perfectamente con la mujer que se encontraba detrás del icono comercial y sexual a la que empezó a retratar en 1954.
Lo que me fascina de esta serie fotográfica es que naturaliza los tonos pastel y el ambiente edulcorado de la época. Convierte una tarta de fresa en un relato de Francis Scott Fitzgerald puesto que no transmite tan sólo felicidad y bienestar sino cierta melancolía oculta.
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