Destructor
Dentro de varias décadas, Michael Ironside probablemente no sea más que una nota a pie de página en un libro sobre la historia del cine. Tal vez...
El cine de Fassbinder es un canto épico al suicidio. Un poema de desprecio al ser humano. Un arte creado a través del espanto y el miedo que se regodea en lo mórbido para subvertir y de paso reírse del futuro apocalíptico que estamos construyendo. Un cine que hace épica del asesinato y el crimen y se baña de violencia para hacer frente al tedio y la desesperación. De hecho, parece haber sido originado a partir de una maldición o un insulto. Haber sido forjado a través de un exabrupto. Pues no hay personajes sanos allí. Todos son ángeles caídos. Personas que pagan un precio altísimo por estar vivas y en absoluto aspiran a la felicidad. Más bien si acaso a reconocerse en sus delirios. Profundizar en su sadismo o masoquismo. La esclavitud que sienten hacia sus pasiones puesto que se encuentran absolutamente fracturados. Son conscientes de que nunca cumplirán sus deseos, de que la felicidad no existe y la existencia es sinónimo de violencia. De que entre aquello que anhelarían decir y lo que verdaderamente dicen hay un abismo. Y de que el orden social se levanta a través de la sangre y la rabia y en el fondo, no puede enmascarar la locura y el delirio.
Fassbinder sabe bien que en el centro y origen del pueblo alemán se encuentra la venganza. El odio incubado en el pecho de Krimilda por la muerte a traición del héroe Sigfrido. Un hombre condenado a ser cruel. A matar o perecer. Víctima y verdugo. Un héroe cuyos ojos siempre están rojos de cólera porque los hombres vivimos en perenne estado de guerra. Sobre todo, con nosotros mismos. Algo connatural a la historia occidental. De hecho, si revisamos la historia de los dioses griegos, encontraremos un gran número de disputas y conflictos entre ellos que reflejan al fin y al cabo nuestra tendencia a la vorágine y el conflicto. Esa estúpida voluntad de destruir lo que más amamos. Asesinarlo. Algo que afecta de una manera u otra a todos los personajes de Fassbinder. Hombres y mujeres en guerra, encolerizados y sin paz carcomidos por la culpa. Neuróticos que ni en cien vidas podrían asimilar el pasado de su patria, mirar de frente a la historia del nazismo o a una infancia por lo general destrozada. Llena de traumas y ese rencor y odio que se refleja en cada uno de los fotogramas de una obra en la que se huele a humillación y muerte por todos los costados. En la que el absurdo y el vacío se llenan con violencia y alcohol y el sexo es siempre un ritual sangriento de dominación. Un apareamiento maldito que no acaba con la soledad y desde luego, no produce amor sino odio y más odio. Destrucción y extinción. Ese rencor hacia la vida y el mundo pegado al cuerpo de los personajes de Thomas Bernhard. Ese malestar inexplicable que ni el dinero ni el arte consiguen ocultar u opacar.
Es sabido que Fassbinder era un obseso artístico que únicamente encontraba un bálsamo a su angustia consagrándose a sus sórdidas creaciones. Hay quienes dicen que ese fue el único paraíso que conoció y parece lógico. Sólo centrándose en su obra podía olvidarse de su conciencia. Dejar de lado sus recurrentes obsesiones. Intentar liberarse de sí mismo a través de una rutina que era en el fondo pasión desatada. Una manera de darle forma y ponerle cauce a un corazón sin riendas que de no ser por el angustioso ritmo creativo al que se veía sometido, probablemente hubiera optado por el suicidio como una solución válida a ese callejón sin salida que para él era la vida.
Fassbinder fue, sí, un ateo lleno de fe. Uno de aquellos que maldecía a dios por habernos creado y entendía que la vida no era en el fondo más que un asesinato. Una invitación a morir realizada por un despreciable ente. Y por eso su cine se ocupa más que de la muerte de dios, de las posibles maneras de asesinarlo. Es una invitación a destrozar a Prometeo. Regodearse con los mordiscos de los buitres en su piel y aparecer con una metralleta en el paraíso fulminando sin piedad a nuestros padres sin dejar un solo fruto sano en el árbol del bien y del mal. Responde a un torturante deseo de dejar de ser nosotros mismos y buscar nuestro reflejo en los espejos.
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