Ojos de loco
Pozos de ambición no era una película sino un estado de ánimo y, sobre todo, un retrato de los ojos de un loco: Daniel Plainview. Los ojos de ese...
El cine de Fassbinder es un canto épico al suicidio. Un poema de desprecio al ser humano. Un arte creado a través del espanto y el miedo que se regodea en lo mórbido para subvertir y de paso reírse del futuro apocalíptico que estamos construyendo. Un cine que hace épica del asesinato y el crimen y se baña de violencia para hacer frente al tedio y la desesperación. De hecho, parece haber sido originado a partir de una maldición o un insulto. Haber sido forjado a través de un exabrupto. Pues no hay personajes sanos allí. Todos son ángeles caídos. Personas que pagan un precio altísimo por estar vivas y en absoluto aspiran a la felicidad. Más bien si acaso a reconocerse en sus delirios. Profundizar en su sadismo o masoquismo. La esclavitud que sienten hacia sus pasiones puesto que se encuentran absolutamente fracturados. Son conscientes de que nunca cumplirán sus deseos, de que la felicidad no existe y la existencia es sinónimo de violencia. De que entre aquello que anhelarían decir y lo que verdaderamente dicen hay un abismo. Y de que el orden social se levanta a través de la sangre y la rabia y en el fondo, no puede enmascarar la locura y el delirio.
Fassbinder sabe bien que en el centro y origen del pueblo alemán se encuentra la venganza. El odio incubado en el pecho de Krimilda por la muerte a traición del héroe Sigfrido. Un hombre condenado a ser cruel. A matar o perecer. Víctima y verdugo. Un héroe cuyos ojos siempre están rojos de cólera porque los hombres vivimos en perenne estado de guerra. Sobre todo, con nosotros mismos. Algo connatural a la historia occidental. De hecho, si revisamos la historia de los dioses griegos, encontraremos un gran número de disputas y conflictos entre ellos que reflejan al fin y al cabo nuestra tendencia a la vorágine y el conflicto. Esa estúpida voluntad de destruir lo que más amamos. Asesinarlo. Algo que afecta de una manera u otra a todos los personajes de Fassbinder. Hombres y mujeres en guerra, encolerizados y sin paz carcomidos por la culpa. Neuróticos que ni en cien vidas podrían asimilar el pasado de su patria, mirar de frente a la historia del nazismo o a una infancia por lo general destrozada. Llena de traumas y ese rencor y odio que se refleja en cada uno de los fotogramas de una obra en la que se huele a humillación y muerte por todos los costados. En la que el absurdo y el vacío se llenan con violencia y alcohol y el sexo es siempre un ritual sangriento de dominación. Un apareamiento maldito que no acaba con la soledad y desde luego, no produce amor sino odio y más odio. Destrucción y extinción. Ese rencor hacia la vida y el mundo pegado al cuerpo de los personajes de Thomas Bernhard. Ese malestar inexplicable que ni el dinero ni el arte consiguen ocultar u opacar.
Es sabido que Fassbinder era un obseso artístico que únicamente encontraba un bálsamo a su angustia consagrándose a sus sórdidas creaciones. Hay quienes dicen que ese fue el único paraíso que conoció y parece lógico. Sólo centrándose en su obra podía olvidarse de su conciencia. Dejar de lado sus recurrentes obsesiones. Intentar liberarse de sí mismo a través de una rutina que era en el fondo pasión desatada. Una manera de darle forma y ponerle cauce a un corazón sin riendas que de no ser por el angustioso ritmo creativo al que se veía sometido, probablemente hubiera optado por el suicidio como una solución válida a ese callejón sin salida que para él era la vida.
Fassbinder fue, sí, un ateo lleno de fe. Uno de aquellos que maldecía a dios por habernos creado y entendía que la vida no era en el fondo más que un asesinato. Una invitación a morir realizada por un despreciable ente. Y por eso su cine se ocupa más que de la muerte de dios, de las posibles maneras de asesinarlo. Es una invitación a destrozar a Prometeo. Regodearse con los mordiscos de los buitres en su piel y aparecer con una metralleta en el paraíso fulminando sin piedad a nuestros padres sin dejar un solo fruto sano en el árbol del bien y del mal. Responde a un torturante deseo de dejar de ser nosotros mismos y buscar nuestro reflejo en los espejos.
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