Watchmen (2)
Dejo a continuación el segundo avería dedicado a Watchmen. El primero por cierto se puede consultar...
En realidad, lo que hizo Bill Willinghan fue trasplantar las claves de los cómics de superhéroes a estos famosos personajes (de hecho, el lobo feroz está en ocasiones más cerca del Lobezno de La Patrulla X que del animal clásico) resucitados gracias a su ingenio. Al ser caracteres de ficción poseían poderes especiales y, en gran medida, eran inmortales a pesar de estar sometidos a las rígidas reglas del mundo de la fantasía. Así que, una vez pasada la sorpresa inicial y el reencuentro con aquellos inolvidables caracteres, la gran baza de Fábulas era, además de la inmensa guerra civil ya mencionada, el análisis de las relaciones personales de tan extraordinarias personalidades.
Ciertamente, considero a Willinghan un absoluto genio. Si me lo encontrara, no dudaría en realizar unas cuantas genuflexiones ante él y, probablemente, tras invitarlo a una bebida muy cargada, le preguntaría cómo se atrevió a acometer esta empresa. Ocurre simplemente que habría que ser un gigante (una mezcla entre Alan Moore, Grant Morrison, Frank Miller y John Byrne) para no cometer ciertas irregularidades ni bajar el pistón de tanto en tanto teniendo en cuenta la magna dimensión de la aventura acometida. En cualquier caso, sólo por haberse atrevido a llevarla a cabo, Bill tendrá eternamente todo mi respeto y admiración. No sólo por atreverse a tocar donde nadie lo hace sino por dejar varias historietas realmente valiosas como las que tienen que ver con las elecciones a alcalde de Villa Fábula o aquellas en las que Jack engaña a la Muerte durante la Guerra de Secesión o se dirige a Hollywood para emprender una prometedora carrera como actor. Por no mencionar, claro, la jocosa aparición de varios de los personajes de Las 1001 noches en New York en representación de las narraciones árabes o las maravillosas incursiones de el chico azul por las Tierras Natales. En cualquier caso, Fábulas está tan llena de esplendorosos matices, tramas y subtramas que aludir tan sólo a unas pocas de sus cualidades no permite hacerse una idea de su riqueza; de la fecunda manera en la que transforma unos personajes ancestrales, medievales, románticos e irreales en ciudadanos del siglo XXI. Contemporáneos nuestros.
Fábulas es, sin dudas, una de esas sobresalientes obras que, a pesar de su excelencia, (y precisamente gracias a ella) conjugan lo mejor y lo peor del posmodernismo. Insuflan vida a historias muertas pero al mismo tiempo las frivolizan. Probablemente porque, en esencia, reflejan perfectamente la confusión contemporánea a medida que ahondan en ella. De hecho, no dan respuestas ni salidas al embrollo cultural actual porque su tarea es hacer prevalecer esa conversación múltiple a la que se refería Maurice Blanchot en uno de sus lúcidos ensayos. Su misión en definitiva es permitir que la rueda de la fantasía literaria continúe fluyendo y respirando; que no se paralice y que los símbolos y mitos -por más universales y arquetípicos que sean- sigan ofreciendo nuevos rostros y significados que nos permitan vislumbrar algunas de las múltiples facetas del espíritu divino mientras continúan dejando lúcido testimonio sobre el devenir humano. Shalam
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