Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Rubén Martínez Giraldez. Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios: Mucho de lo que aparece en Magistral, podía encontrarse ya en este libro (o carta) que Giraldez escribió a Pynchon. Un escritor es una locura desquiciada, febril y divertida. Un texto-saltamontes cómplice con el mundo de Pynchon, lleno de citas falsas (o no). Un legajo compuesto por palabras que parecen tachones y de frases semejantes a sellos que auguro que será releído en el futuro no tanto para profundizar en el autor norteamericano sino para desvelar enigmas y dudas sobre los inicios como narrador de Giraldez. Un creador iconoclasta y rebelde, lunático y valiente, sin miedo a saltar al vacío y suicidarse literariamente (tal y como muestra este singular experimento) para conseguir hacer de su prosa, una grieta en los abismos lingüísticos. Un rebuzno en medio de tanta literatura adocenada y estéril. Un corte de mangas semejante a esos que Antonin Artaud pegaba en Francia cada vez que cagaba uno de sus libros.
Juan Andrés García Román. Fruta para el pajarillo de la superstición: Fruta para el pajarillo es poesía tan rara como deliciosa. Un libro extraño que parece una mezcla atípica entre la poesía romántica alemana y la decadente. Un cruce violento entre Holderlin y Keats. El diario de un arlequín que va lentamente quitando las pinturas de su rostro y conforme se desnuda, nos muestra sus ojos llorosos y su amplio semblante de tristeza. Su congoja al desnudo. García Román no debía estar pasando un buen momento cuando escribió gran parte de los versos de Fruta para el pajarillo y se nota. Pues contrariamente a las máscaras sonrientes tras las que se escondía en otros libros, esos viajes por mundos paralelos en alfombra mágica a los que nos tenía acostumbrados, Fruta para el pajarillo es una serenata triste. Casi el signo de una derrota e impotencia. De hecho, la imagen que viene a mí al leerlo es la de un ruiseñor fatigado (el poeta) de cantar diariamente. Perdido en medio de bosques a través de los que vuela desilusionado. Una sensación que se refleja perfectamente en los confusos (dicho esto con ánimo descriptivo y no peyorativo) y enigmáticos versos de un libro que es más un estado de ánimo que una colección de versos. Un poemario humedo y mojado compuesto en el crepúsculo y lanzado al mundo sin apenas esperanza de ser comprendido. El puñetazo en el aire de un místico que no sabe si seguir emborrachándose o abandonar esta vida de una vez. Los llantos de un estornino al atardecer.
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