Franko B: la performance corporal
Hace años, tuve la oportunidad de charlar con el performer italiano Franko B para la revista El coloquio de los perros. La forma de solicitarle la...
Ciertamente, el libro Alianza era un libro sencillo pero seguro. Atraía pero con desapego. Seducía desde lejos. No golpeaba sino que masajeaba el intelecto, confiando en el superlativo contenido que ofrecía. Se pegaba como una segunda piel al lector, lo absorbía y, finalmente, lo succionaba. Además, no era un libro caprichoso. No exigía cuidados. Era tan económico que se veía bien con un poco de arena o desgastado por el uso. Un libro de Alianza tenía que estar, en cierto sentido, golpeado o deteriorado. Necesitaba estarlo para ofrecer todo lo que podía llegar a dar. Porque era un libro que se sabía hecho para ser leído. No para decorar ninguna habitación o llenar huecos. No. Había sido creado para ser leído. Consumido. Devorado. Provocar el vicio de leer. Y hacer que los lectores lo consumieran como si fuera un cigarrillo.


Ciertamente, los diseños de Daniel Gil eran superlativos. Asesinos. Eran ideales para estudiantes universitarios disidentes y todo tipo de personalidades inquietas. Eran un pasaporte a la perturbación. A mundos distantes y coléricos. Eran una descripción fidedigna de que la literatura es un objeto feroz, mudable, cambiable e ingobernable. De que todo clásico es clásico porque es nocturno, dionisíaco, lunar y se encuentra lleno de ladridos pugnando por salir de su interior. Shalam
0 comentarios