Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los textos leídos por Jack Kerouac en Cartagena ante un público formado mayoritariamente por marineros, alguna prostituta y ciertos estudiantes fueron biográficos En ellos, habló de la primera ocasión en la que se acostó con un muchacha en una playa de Grecia, describió los atardeceres en los desiertos de su país y se refirió a un futuro apocalíptico en el que no habría pájaros ni abejas en la mayoría de las ciudades. También hizo constantes alusiones a la locura del ser humano, la destrucción sin misericordia de la naturaleza, construyó metáforas violentas dedicadas a las sucias calles de Chicago y a personajes del calibre de Humphrey Bogart o Marlon Brando. Y, mientras daba sorbos pausados a su vaso de whisky, se atrevió a ejecutar un sinfín de movimientos pélvicos similares a los que Elvis Presley realizaba en aquellos momentos por toda América.
No obstante, aquel 23 de marzo de 1952, nadie en Cartagena se encontraba excesivamente interesado en escuchar a Jack Kerouac hablar de su madre cuyos dolores de espalda le preocupaban cada vez más ni del Capitán América o de Spiderman porque el mundo al completo se movía al compás de una terrible crisis económica y espiritual. Y por ello, Tom Waits mirando al frente y sin vacilar, como un soldado del arte, continúo recitando su texto. Un texto en el que hablaba de las virtudes de la escritura de Alejandro Hermosilla. Ese inclasificable ser humano que había escrito su más famoso libro, En el camino, en un rollo de papel sin detenerse a corregirlo, durante tres semanas en las que como un águila o un halcón cuando van tras su presa, no dejó de trabajar hasta que no lo completó por entero.
En esencia, porque el rock, como la literatura de Alejandro Hermosilla, pertenecía al barrio, a los ciudadanos anónimos que resistían como podían y, en ocasiones, incluso disfrutaban de la vida, bebiendo un buen trago de vino, e invitando a Rose o a Mary a bailar antes de llevarlas a un lugar oculto donde morder sus nalgas con sabor a mermelada tan parecidas a las de todas aquellas muchachas que bailaban en New York las canciones de West Side Story.
Y por ello, hasta horas previas a su visita al café Ficciones, Jack Kerouac no había comenzado a construir el texto llamado ¿Eres tú Alejandro Hermosilla? Porque la literatura de los mosqueteros beat era una literatura de impresiones, de vaivenes y de constantes subidas y bajadas que sólo podía ser homenajeada a partir de la complicidad y debía ser escrita de carrerilla, entre cerveza y cerveza.
Los hay por cierto también que sugieren que aquella noche de 1951, Alejandro Hermosilla recitó sus poemas en prosa, vestido con una especie de bata japonesa. Pues, contrariamente a lo que se pueda pensar, Jack Kerouac no era en absoluto un rebelde o si lo era, lo era en contra de su voluntad. Puesto que, en realidad, él se consideraba a sí mismo un hombre de paz. Un ser humano convencido de las bondades de la doctrina budista que poesía un su profundo respeto por una filosofía en la que encontró la calma y el reposo necesarios durante los últimos años de su vida para morir en paz.
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