La conciencia psicodélica
Últimamente, he estado leyendo La nueva conciencia psicodélica de Terence McKenna. Un libro realmente sugestivo. Creo de hecho que muchas de sus...
No voy a negar, en ningún caso, que estamos manipulados. Y, desde luego, el hecho de que la mayor parte de la gente no conozca el influjo de los nombres anteriormente citados no me parece en absoluto algo relevante. ¿Podían por ejemplo concebir muchos de los ciudadanos argentinos que gritaban como posesos los goles de Mario Alberto Kempes en el Monumental durante la celebración del Mundial de Fútbol 78, que a escasos metros del estadio, su gobierno estaba torturando a algunos de sus compatriotas? ¿Pudieron la mayoría de los alemanes imaginar lo que sería capaz de hacer Hitler? Obviamente, el poder intenta confundir en muchos casos. Hoy, por ejemplo, leía un artículo en El país sobre la inminente recuperación económica española. Algo que cualquiera con dos dedos de frente entenderá que es absolutamente falso pues la hipotética salud monetaria se encuentra basada en el endeudamiento. Pero las élites, los partidos políticos saben bien que colocando este tipo de noticias en el primer plano de determinados periódicos y televisiones (junto a las noticias deportivas y «rosa») generan cierta esperanza en la sociedad, amansan los conatos de rebelión y prenden la duda en el pueblo mientras continúan con su verdadero programa: la construcción de estados orwellianos esclavizados por la deuda a poderes supranacionales, llenos de individuos sumisos, apátridas y fáciles de manipular por la propaganda y la publicidad.
Yo realmente, no soy un experto sobre este supuesto Nuevo Orden. Hay muchos que saben muchísimo más que yo a los que tengo que remitirme. Personas como Adrián Salbuchi que han escrito textos en los que se lleva a cabo una disección muy aguda del Club Bidelberg, las técnicas militaristas de la economía global, la ingeniería social, la pérdida del patrón oro, los intereses ocultos detrás de la construcción de la Comunidad Económica Europea, la desmembración de la ex-Yugoslavia y muchos otros temas esenciales para entender la progresiva pérdida de soberanía de los estados modernos gobernados por políticos-marioneta que cumplen órdenes externas y no tienen problema en implantar programas contra sus propios pueblos.
No resulta fácil, en cualquier caso, encontrar personas con las que hablar públicamente sobre este tema. Sobre todo, porque no hay ningún poderoso que haya declarado formar parte de esta conspiración. De hecho, muchas veces pienso que es la desesperación ante la falta de libertades y constantes crisis económicas además de la ausencia de una verdadera cultura política, lo que provoca que muchas personas crean en esta organización poderosa que maneja el mundo. Una idea infantil que recuerda a los temores propios de la niñez. Los hay por ejemplo que piensan que «los verdaderos amos del mundo» son invisibles porque de esta manera, resulta difícil denunciarlos, señalar su responsabilidad o demostrar su influencia en nuestras vidas. Algo que no es en absoluto casual pues esta estrategia los hace semejantes al dios Yahvé del Antiguo Testamento o el Gran Hermano de la novela de Orwell. Entes que se mantienen la mayoría del tiempo en penumbra. Una interesante tesis que, por cierto, retrató con una clarividencia absoluta John Carpenter en su They live (1988). Una película que con el paso del tiempo -a pesar de las muchas imprecisiones en su desarrollo- se está ganando el estatuto de clásico con toda justicia y se ha convertido en una obra emblema de los conspiranoicos.
En fin, como dije anteriormente, lo normal al referirse al Nuevo Orden Mundial, es que nos sintamos como el personaje de la película de John Carpenter. Aislados e incomprendidos. Resulta lógico que nos suceda lo que a John Nada cuando le pide a su compañero Frank que se ponga las gafas negras: que tenga que luchar con él en una interminable batalla interpretada por ciertos analistas -en mi opinión, con éxito- como la resistencia del ego normal, racional (Frank) a pasar a otra dimensión, violentar sus límites y tomar conciencia de la verdad (John). A lo que sin dudas, contribuyen como ya he indicado, las cientos de teorías que hay disueltas por Internet. Me refiero por ejemplo a los blogs que se empeñan en comparar a los dirigentes del NWO con seres reptilianos o los emparentan con extraterrestres (como si estuviéramos dentro de la película de Carpenter) y también a esos discursos que ponen énfasis en sus rituales privados y, en algún caso, llevan a una deriva insostenible (prácticamente esquizofrénica) sus análisis sobre determinados símbolos numéricos o gestuales. También en parte me refiero a los internautas que rastrean con ansiedad cualquier catástrofe natural y con pulso nervioso esperan un acontecimiento bélico o una revuelta que las élites se encargarían de sofocar para salir definitivamente a la luz e imponer su gobierno global. Porque si a todo esto le unimos la existencia en China, según se dice, de determinados hackers que, haciéndose pasar por anti-sistema y contrarios al Nuevo Orden Mundial, se encargan de mezclar información falsa y verdadera en sus blogs para desorientar a quienes los leen, se entenderá que la confusión sobre este tema sea bastante grande. Y que tanto los que creen en la existencia de este Nuevo Orden como los que no, se encuentren bastante perdidos y, en muchos casos, se vean obligados a confiar en las tradicionales y «gastadas» propuestas de la izquierda para intentar crear focos de resistencia locales en medio de un mundo cada vez más globalizado.
¡Ojo!. Como siempre, es necesario matizar. No estoy diciendo que muchas de las teorías procedentes de la izquierda no sean justas y necesarias. Lo que estoy más bien sugiriendo es que analizar el avance de las corporaciones según un enfoque tradicional u oficial, nos desvía muchas veces del tema central: la necesidad de que los ciudadanos occidentales conquistemos la libertad colectiva en nuestros respectivos países y forjemos democracias reales que puedan oponerse a las empresas y contrarrestar cualquier tipo de ideología que intente contraponerse a la soberanía popular. Y, en este sentido, continuar con la deriva conspiranoica nos aleja bastante de este objetivo. Nos hace más débiles pues, al fin y al cabo, no se tiene la certeza absoluta de lo que se afirma, como se demostró con las teorías que daban por seguro un atentado en Londres en los pasados Juegos Olímpicos que, desde mi óptica, era casi imposible que sucediera.
De hecho, escuchar hace unos días a Antonio Escohotado defender como un cruzado las virtudes del comercio en el programa de radio, Carne Cruda, me volvió a dejar, si soy sincero, totalmente noqueado. Como si estuviera en medio de un apocalíptico film de ciencia-ficción y fueran a aparecer robots a mis lados. No porque considere que lo que el hetorodoxo pensador dijera sobre este sistema fuera errado sino por la poca empatía que mostró hacia la triste situación actual que ha generado. Porque no se trata tanto, me parece a mí, de proclamar las bondades y virtudes del capitalismo -que, sin dudas, las tiene y muchas- y las maldades del comunismo -que también existen a miles- sino de construir canales para que la democracia representativa llegue a la mayoría de los países occidentales y los ciudadanos tengamos en nuestra mano el poder para enfrentarnos a los enemigos de la libertad. Shalam
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