Padre Nuestro
Que el lenguaje nunca es neutro, siempre esconde una intención, lo sabemos perfectamente quienes dedicamos gran parte de nuestro tiempo a escribir o...
Obviamente, siendo hijo de quien es, Alejandro Jodorowsky, es lógico referirse a su padre para comprender mejor su personalidad y las decenas de actividades que realiza: actor, clown, psicomago, tarotista, poeta, explorador o conferencista. Pero en cualquier caso, creo que la mejor introducción a su mundo particular es, sin dudas, su libro autobiográfico El collar del tigre. Pues en sus páginas, se pueden conocer múltiples sucesos de su vida: sus titánicos esfuerzos por unir la rama paterna y materna de su familia, su aprendizaje de diversas técnicas chamánicas, su amor a las enseñanzas orientales, o el intenso trabajo que tuvo que llevar a cabo para sanar la herida producida por un padre que, en principio, no lo deseaba y una madre neurótica, Valérie Trumblay, llena de culpa. Permitiéndonos alcanzar una perspectiva bastante realista y valiosa del personaje, teniendo en cuenta que su irradiante personalidad, su desbordante carácter, puede hacernos perder la perspectiva sobre su verdadero ser.

A Cristóbal, lo conocí hace unos años en Madrid. Me encontraba yo atravesando una situación complicada -más por mi impericia al manejarla que por ella en sí misma- y durante los instantes previos a acostarme, solicité ayuda para solucionarla de alguna forma. Cuando dormía, se me apareció en sueños Alejandro Jodorowsky sugiriéndome que me conectara en Internet para encontrar una salida a mis problemas. Al despertarme, lo hice e indagué si acaso venía a dar algún curso a España. Pero tras buscar unos minutos, comprobé que no era ese el caso y cuando, desanimado, iba a abandonarme en el desasosiego, para mi sorpresa, descubrí que un hijo suyo, Cristóbal, -que no conocía hasta entonces- estaría en dos semanas en Madrid, impartiendo un taller sobre psicomagia y psicochamanismo. Obviamente, sin reparar en gastos, me inscribí al momento. Y tuve la oportunidad de trabajar con él durante tres días muy productivos que, en principio, me dejaron vacío y casi sin poder proferir palabras puesto que me costó canalizar todo lo aprendido y experimentado allí, pero con el tiempo, me legaron un poso sumamente beneficioso. Sobre todo, porque antes de emprenderlo, comencé a desarrollar una investigación sobre mis orígenes familiares, que hasta esos momentos no me había atrevido a hacer y era fundamental que, antes o después, llevara a cabo.
Y la última ocasión en que lo encontré, fue hace unos días. Probablemente, debido a que en esta ocasión no comuniqué con él y, cómodamente, asistí en un teatro, el Hipódromo Condesa del Distrito Federal, a una de sus conferencias piscomágicas, es que me animo ahora a escribir. Puesto que por una vez, he podido tomar distancia sobre quien hablo, sin sentirme implicado con él. Algo que me hizo percibir ciertos detalles que hacen de sus performances un espectáculo único. Tanto los más obvios como su compleja y experimentada utilización del cuerpo y la voz como algunos más sutiles, como el manejo del tiempo y la constante renovación que realiza de diversas expresiones «gastadas». Un inmenso caudal de técnicas que le permiten construir espacios inéditos y sorpresivos en medio de innumerables discursos en los que chistes, koans zen, enseñanzas budistas y cultura pop se mezclan gozosamente, haciendo disfrutar al público.
Menciono todo esto porque tal vez Cristóbal aparezca en El libro del padre. Ya que, si bien fue con personas como Salvador Pablo Grande -al que irá dedicado el libro- que la figura paterna se asentó en mi vida, Cristóbal mostró la manera de expandir su semilla como nadie había hecho hasta entonces, recetando un acto psicomágico brutal del que ya hablaré cuando corresponda. Ante todo, porque todavía no estoy preparado para hacerlo como deseo. Desde luego, no es el momento. Y, en esencia, su realización salió mal. Casi, casi pierdo mi vida haciéndolo. Aunque, eso sí, quedan dos partes de este acto que sí que podría y me gustaría ejecutar y disfrutar sin tener por qué correr riesgos innecesarios.
0 comentarios