Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Parafraseando una de las estrofas de una de las más enigmáticas canciones de Radio Futura, «La secta del mar», me atrevería a decir que «pocos han llegado allí» donde lo ha hecho Santiago. Con ese pundonor, entusiasmo, respeto y buen hacer que desarma. Provoca la más profunda admiración. Y en mundo repleto de sátrapas, oportunistas, cínicos y arribistas, nos hace volver a confiar y creer en el trabajo bien hecho, la inteligencia y el arte. En que finalmente el talento se acaba imponiendo. Existen reflexiones en El ritmo perdido como las dedicadas a la celosía, las consagradas al tango africano o a la rumba y tantas otras que además de esclarecedores, son elásticas y agudas. Se pliegan y despliegan ante los ojos del lector como un acordeón consiguiendo remover ideas preconcebidas, transformar razonamientos adquiridos y suscitar reflexiones que podrían ir mucho más allá en el futuro. Puesto que siembran varias de las líneas de investigación tanto de la música en castellano como de nuestro pensamiento lírico a desarrollar en el porvenir.
Vuelvo a insistir en mi agradecimiento. Ha sido un placer viajar con Santiago al siglo de Oro. Seguir el rastro, las huellas y semilas de la canción popular en Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Rueda y la Edad Media española, en los barcos repletos de esclavos negros y el califato omeya. Pensar y bailar. Salir al mercado a recoger voces, canciones, frutas y ritmos tras unas horas en la biblioteca recopilando datos, refranes y poemas, buscando las raíces de un sonido universal que no fue aceptado totalmente en España hasta que triunfó en EUA; hasta que, conforme los medios analógicos de reproducción sonora evolucionaban, Elvis Presley puso el cuerpo y el rostro que eran necesarios para que se popularizaran los cantos de los esclavos que John Lee Hooker, Chuck Berry o Robert Johnson habían transformado en arte. Secuencias sonoras que hacían mover los pies, eran un bálsamo para el alma y son probablemente, el mayor reconstituyente sexual jamás inventado. Shalam
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