Nariz dorada
Hay quien dice que twitter no sirve para nada. No seré yo quien le contradiga. Pero cierto es que esta red social, sabiendo dosificarla, posee unas...
Creo que hace tiempo que Ferrara se ha transformado en uno de esos vampiros cuyas orgías retrataba en The addiction. Un hombre que vive de inspiraciones e intuiciones, de uno o dos mordiscos al celuloide, varios puñetazos a la cámara y provocarle una sangría a la pantalla. Un boxeador sonado y un tanto neurótico acostumbrado a repetir los mismos golpes. Algo que por otra parte no tiene importancia alguna ya. Pues Ferrara no es un artista sino un estilo de vida. Una forma de mirar, ser y narrar. Más un código ético que un tratado artístico. Y se ha mimetizado con los tópicos y esencias italoamericanas de tal modo que, como ocurre con Al Pacino, uno ya no sabe diferenciar el personaje de la persona. Además, acierte o se equivoque, se encuentre más cerca de la decepción o de la creación de una obra verdaderamente grande, lo que está claro es que en cada una de sus películas, hay siempre un jirón de su ser. Un latido. Una muestra de su sangre hasta el punto de que se diría que todas ellas son autobiográficas. Formas a través de las que el cine describe las arrugas de su rostro. Se acerca a sus traumas, deseos y complejos y no tanto él a los de la sociedad en la que vive. Razón por la que no me importa en absoluto que lleve tiempo sin conseguir crear una obra maestra del cariz de El funeral. Y casi siempre disfruto con las imágenes que rueda. Sin preocuparme lo más mínimo que sean una fusión de tópicos tras otros como en el caso de Napoli, Napoli, Napoli o que vislumbrara artificialmente el apocalipsis, como sucedió en la denostada -pero sumamente aprovechable- 4:44 -Last day on Earth. Al fin y al cabo, a Ferrara no hay que pedirle tanto la excelencia sino la franqueza. Agradecerle que continúe teniendo hambre y siga poniéndose detrás de la cámara, haciendo películas como si tuviera delante un plato de pasta, o como algunos ancianos fuman puros. Orgullosos y satisfechos. Conscientes de que no importa ya tanto la calidad de la hebra de tabaco sino el continuar fumando. Disfrutando del sabor.
Abel Ferrara, sí, es una bestia. Un rebelde. Un monstruo al que le gusta desafiar sus propios límites y no le importa equivocarse. Alguien que disfruta no tanto con los desafios sino desafiando. Mostrando que se puede vivir y sobrevivir haciendo lo que a uno le de la gana. Hay una raya de cocaína que nació con su nombre impreso en el polvo. Y ,probablemente, una pizza esperando que alguien le hinque el diente, que también lo lleve. Porque Ferrara es un cáncer devorando el cuerpo e inoculado en el cine para destruirlo. Un sátrapa de esos que no se contenta con hacerle un dedo a una monja mientras el párroco lee los evangelios y levanta el cáliz donde se halla contenido la sangre de Cristo. Necesita también filmar el momento y exponerlo con sobriedad, absoluta tranquilidad, ante una multitud en un festival de cine.
Abel Ferrara hace tiempo que está por encima del bien y del mal. Le hace el amor al mundo diariamente y sabe que ha filmado tres o cuatro obras que son verdad. Autenticidad. Sudor, violencia y lágrimas. Y no necesita más para tener su vanidad de artista satisfecha. Sobre todo, porque si es artista es por casualidad. Desde luego, no es un intelectual. Es más bien, un vividor. Un borracho. Un hombre que se embriaga de imágenes, sexo, comida y olores y probablemente no envidie a ningún cineasta aparte de a John Casavetes. El único ser humano que ha conseguido rodar una relación de pareja –Love Streams– de una manera más inquietante, física y delirante que él. Sobre todo, porque Ferrara no filma el amor. Los delirios autodestructivos de las parejas. Filma sus vísceras. Shalam
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