Cien años de soledad
Estoy disfrutando mucho con las lecciones que está impartiendo Jesús G. Maestro en su canal de youtube sobre Cien años de soledad. Básicamente, me...
De quincey es un poeta que, por casualidad, se puso a escribir prosa; se hizo prosista como quien se hace bebedor o fumador, sin un convencimiento genuino detrás. La mitad de la literatura surrealista se encuentra en su célebre El asesinato como una de las bellas artes y la mitad del simbolismo y el decadentismo en su Confesiones de un fumador de opio. Sobre todo, en la segunda parte de este último libro, Suspiria de profundis. Un ensayo poético o novela fragmentaria que inventa el romanticismo y, al mismo tiempo, lo destruye. Un texto impenetrable lleno de visiones, grabados, y estampas, parecido a una ingestión intensiva de hierba. Una llamarada nocturna en la que se cruzan brujas, carruajes, alucinaciones medievales y retratos nihilistas de la vida moderna, formando un aquelarre literario inclasificable. Una pieza de salvaje literatura que lo mismo le pega un mordisco a Lautreamont que preconiza Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.
De quincey es un terrorista artístico que da la impresión de conocer muy bien la tradición en la que se mueve. Y, sobre todo, de que pudo haber entrevisto el futuro, haber atisbado cómo sería la literatura tras superar múltiples intentos de ser destruida, puesto que escribe como si las palabras fueran juguetes castigados, turbios sentimientos o látigos hechos trizas. Casi como si estuviera dormido. En medio de un sueño.
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