Imperializm
Dejo a continuación la novena reseña del libro Los 100 mejores discos del Siglo XX. En este caso, dedicada a Imperializm de Rakete. La próxima...
Aquel hombre sólo deseaba conocer qué es lo que escondía mi corazón. Y sin dudar, le respondí que odio y fuego. Porque un vil lacayo se estaba apropiando de nuestro condado, acabando con nuestra estirpe y condenándonos a la mendicidad. Exactamente, el oprobio se había extendido en tierras donde el sol se había camuflado para siempre entre las nubes, acaso disgustado por nuestra incapacidad para vencer al más indolente de los seres humanos que hubiera existido hasta entonces: el jardinero. Y tras haber pronunciado yo aquellas angustiosas palabras, el eremita calló, me miró fijamente, y me sugirió que al odio se lo vencía a través del amor. Se lo agarraba descuidado y se lo abrazaba porque, en el fondo, es un niño pequeño descerebrado necesitado de cariño. Un infante insolente que desea probar el amor divino para comprender cuáles son sus límites. Si es cierto que estos son infinitos y moldeables, como los pechos de las mujeres de los que todos debemos mamar al nacer; tal vez para aprender que en la vida de nada nos sirven posturas rígidas o áridas, ya que todos los corazones rudos han de ablandarse, disolverse si desean sobrevivir o perdurar, vivir una existencia digna, e incluso pensar en trascender. Básicamente, porque ningún fruto nace del campo estéril o el trigal seco. Y nada produce más amargura que el viscoso sabor de un alimento podrido o el rey que acaso tenga el respeto de sus súbditos pero no así el cariño. Razones suficientes todas ellas para tener compasión de los seres malvados y perversos. A quienes más bien había que acunar en nuestro seno, me susurró al oído antes de pasarme su mano por mis ojos y dormirme. Balanceándome como si fuera un niño mientras recitaba una de esas insólitas tonadas que me acostumbré a escuchar durante los meses en que conviví junto a él. Aprendiendo de sus discursos y múltiples recursos. Y admirando sus cualidades.
El eremita era capaz de hacer fuego frotando dos piedras. A veces, ponía una de sus manos en la llama y, sorprendentemente, no le dejaba rasguño alguno. Se alimentaba apenas con matojos de hierba, frutas, la savia de las hojas pero no le importaba que yo calentara en la cueva los insectos que recolectaba ni los peces que pescaba en esa zona del río. Un área en la que se hallaban varios ejemplares de aquellos terjiks cuyo aspecto asombrara al conde de L… Seres de un solo ojo, parecidos a una foca, que apenas podían caminar debido a su grosor que les obligaba a pernoctar tumbados sobre su espalda.
0 comentarios