Violencia y soledad (1)
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a los seis primeros discos en estudio de Judas Priest. El cual recomiendo leer escuchando el primer...
Existen dos etapas grandiosas en el cancionero del rey del rock. La primera se corresponde con su eclosión como un cometa imparable en el mundo de la música durante la década de los 50. Su furibunda interpretación de clásicos callejeros con una dosis de chulería y descaro nunca vista hasta entonces, que lo convirtieron en un ídolo juvenil. La estrella de esa América que se enamoraba en el arcén de una autopista o los asientos oscuros de un cine y estrenaba con orgullo su papel de potencia mundial. Y la segunda se corresponde con su llegada a Las Vegas en los 70.
Creo que nadie ha cantado con la profundidad y sabiduría que lo hizo Elvis en los 70. Su voz llegó a la madurez. El patriarca del rock convirtió cada canción que interpretaba en un periplo por el más allá. Transformó las serenatas de amor en viajes de ultratumba, el soul en un vals y la música popular en un arte trascendente.
Algo lógico, teniendo en cuenta que el Elvis de los 70 era una locomotora. Era Norteamérica. Era tanto Abraham Lincoln y John Ford como el pato Donald y Nixon. Y de no haberse destruido a sí mismo, se hubiera convertido en el mayor espectáculo vivo de la historia de la humanidad. De hecho, sin dejar de lado su vertiente kitsch, fue capaz de convertir el estilo Las Vegas en un referente del rock, casi un estilo clasicista, y con muchos menos recursos vocales que Frank Sinatra, consiguió transformarse en símbolo tanto de la América narcisista descrita en seriales del tipo Dallas o Dinastia como de esa América decadente llena de frikies, perdedores y fenómenos paranormales que han descrito magníficamente David Lynch y Thomas Pynchon en sus obras de arte.
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