Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Inevitablemente, cada vez que abro las páginas de este inmortal tratado, lo hago con una sonrisa. Algo que apenas puedo decir de cualquier otro libro. Siento de golpe, el aroma de un fragancia inmortal que me evoca el recuerdo de una época arcaica, la infancia de la humanidad, por la que no sólo me siento subyugado sino también atrapado. Porque esta colección tiene la virtud de hacerme creer que podría yo estar participando perfectamente en sus aventuras. Y que todos sus cuentos hablan de mí y mis conocidos, únicamente que muchos años atrás y en otra encarnación. Pues uno de sus grandes méritos, es conseguir hacer pasar lo maravilloso como familiar. Logrando que muchos de los inexplicables sucesos que allí aparecen, parezcan formar parte de nuestra cotidianeidad, de tal modo que uno cree ser capaz de tocar a los personajes e incluso participar del libro. Y por ello, conforme voy leyéndolo, si en ese mismo momento, se me apareciera un effrit que me convirtiera en asno, me transportara a otra ciudad en segundos o me concediera mis más ocultos deseos, no creo que me sorprendiera demasiado. Al contrario, aceptaría este hecho con la misma naturalidad con la que acostumbro a contemplar el nacimiento y muerte del sol diariamente.
No voy a hablar ahora aquí de la influencia que esta primorosa creación tuvo en Occidente desde la adaptación al francés realizada por Antoine Galland en 1704. Es tan grande que sería difícil mencionar un texto, estilo artístico o creador que, directa o indirectamente, no haya sido rozado por su aliento. Desde Stevenson, Kafka, el simbolismo o el surrealismo pasando por Clarice Lispector hasta George méliès, Pier Paolo Pasolini o Jan Ŝvankmajer, su presencia es avasalladora en el arte de los últimos tres siglos. Y por ello, entiendo que lo más inteligente es disfrutar y deleitarse con estas historias que abren los cielos al infinito y consiguen aunar día y noche en su interior, sin teorizar sobre ellas o llevar a cabo trabajos críticos, por más que -es justo reconocerlo- los breves realizados por Jorge Luis Borges y el extenso llevado a cabo por Cansinos-Assens sean muy jugosos y recomendables. Muchas veces, al leerlas, he tenido yo, por ejemplo, la impresión de que miraba a través de una bola de cristal no ya el destino de sus personajes sino el de la humanidad, y que éste me era narrado sin dramatismos ni abusos épicos innecesarios. Con una gracilidad y agilidad casi sobrehumanas que me rejuvenecían, conforme las narraciones se entremezclaban y se desarrollaban con total libertad. Y en otras, me parecía estar escuchando la historia de algunas de las muchas personas que, a lo largo de los siglos, las habían narrado. Saliendo del espacio donde me encontraba, levantándome sobre el suelo como si volara sobre una alfombra mágica, me parecía oír letras, palabras pronunciadas en un idioma extranjero por guerreros que caminaban por el desierto sin un destino fijo; vendedores que, levantando las manos, convocaban gentíos a su alrededor; reyes necesitados de divertirse y aliviarse tras pasar revista a la corte; soldados que rodeaban el fuego la noche antes de entrar en combate; muchachas que, mientras tomaban un baño, susurraban narraciones en los oídos de sus compañeras; y familias enteras que se juntaban a celebrar fiestas y se divertían, refiriendo algunos de estos dulces, legendarios cuentos.
En fin, sabemos que cuando muramos, habrá muchas historias que nos sobrevivan. Se continuará hablando por ejemplo de Teseo y un minotauro, o de aquel viajero que tuvo que enfrentar ciento y un aventuras para volver a la isla del mar jónico en que nació. Pero, sin duda, de todas esas narraciones, las que más alegría me produce saber que no se extinguirán, son las pertenecientes a Las 1001 noches. Básicamente, porque entiendo que si este libro pereciera algún día, la humanidad dejaría de gozar y reír. Habría perdido el contacto con su infancia, y viviría para siempre desmemoriada. Aislada, encerrada y gobernada por sus verdugos como en muchos aspectos, sucede actualmente, porque no nos animamos a reunirnos en las plazas a interpretar algunos de estos cuentos. Hermosas, divertidas historias en las que se encuentra grabada el genoma humano y se vislumbra un trozo del paraíso, cuyos linderos se nos abren más y más conforme, noche tras noche, nos adentramos en un tiempo que yo quisiera fuera infinito, no terminase nunca y por tanto, alargaré hasta cuando me sea posible. Pues no puedo evitar preguntarme qué será de mí cuando llegue a la noche 1001 y Scherezade confiese que no tiene más historias con las que arroparme antes de dormir, por siempre y jamás. Shalam.
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