El manuscrito
Algún día me gustaría realizar una encuesta a unos cuantos escritores vivos. Aunque deseo aclarar que la pregunta que les haría, no versaría acerca...
En cualquier caso, por supuesto, el asunto central del libro es Camus. El intelectual europeo por excelencia. El respeto literario hecho carne. El compañero de Sísifo ahogado. El solitario bohemio. La voz de los hombres condenados; del mundo al borde de la destrucción. El pensador de las barricadas. Y el ensayista de la rebeldía. La mano que consiguió vincular las proclamas airadas de Nietzsche, los retortijones de estómago de Lautremont y Dostoievsky, el anarquismo y la filosofía pre-socrática. Y supo explicar con precisión por qué las revoluciones siempre fracasan o, más bien, siempre se traicionan a sí mismas.
De todas formas, he de reconocer que la lectura del libro de Javier Reverte ha modificado mi lectura de El extranjero. Porque en Argelia no se guarda un grato recuerdo de Camus. La mayoría de personas lo consideran un renegado de su origen. Un hombre que, en cuanto pudo, asumió la nacionalidad francesa de sus abuelos, no miró nunca atrás, despachó a los argelinos calificándolos de “árabes” y los puso en el mismo saco que ciudadanos de diversas nacionalidades: marroquíes, egipcios, tunecinos, saudíes. De hecho, en el famoso Instituto Bugeaud donde estudió en Alger a las órdenes de su gran maestro Jean Grenier, (que tan bellamente descrito aparece en El primer hombre), no hay ni tan siquiera una pequeña placa indicando que allí se formó el futuro premio Nobel. Y, según Reverte, la mayoría de personas ponían gesto arisco cuando se les mencionaba el nombre de un escritor que -es cierto- ha hecho mucho más por mitificar, inmortalizar la Francia de entreguerras que el país donde nació. Lo cual me lleva a pensar que tal vez El extranjero sea un autorretrato de sí mismo. Y que, en cierto modo, Mersault era el propio Camus. Un escritor que tuvo que matar a un árabe, su parte argelina, para conseguir sobrevivir. Pero, en parte, continuó siendo toda su vida un extranjero. Un extraño para los franceses y argelinos y el sistemático medio intelectual de la época cuya muerte traumática puso la coda perfecta a una obra que, en cierto modo, consideraba la existencia del ser humano absurda. Regida por un azar, una totalitaria voluntad natural, un capricho sin substancia que, no obstante, no justificaba el libertinaje. Más bien, esclarecía con mucha mayor claridad la importancia de los hombres dignos y justos. Shalam
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