Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Nelson Van Alden era el descerebrado hombre de la ley. Si la ley hubiera dictado que era justo y necesario matar a un niño, no tengo dudas de que Nelson hubiera limpiado su pistola, se hubiera asegurado de que tenía todas las balas cargadas y hubiera disparado sin mostrar emoción alguna ni por, supuesto, compasión. Porque la líbido de este mediocre policía con alma de funcionario se excitaba, ante todo, cumpliendo órdenes aunque éstas fueran erradas. Era un perrito faldero que salivaba con cada prohibición o detención y ante cualquier uniforme, rememorando probablemente funestos traumas de una infancia que imaginamos visceralmente represiva. Pues durante los primeros capítulos, a Van Alden sólo le faltaba la sotana para convertirse en un monaguillo. Parecía, de hecho, un predicador o un cura que había encontrado una salida a sus traumas y dudas existenciales en el cuerpo de policía. Un muerto en vida, en suma, encargado de acabar con la fiesta de tiros, sexo y alcohol habitual en Atlantic City.
No obstante, la cabezonería de Van Alden era tan desmesurada que, al poco tiempo, comenzaba a resultar interesante. Porque además, iba lentamente mostrando sus debilidades, vicios y perversiones sexuales a medida que flirteaba con el mal. Probando que justicia y crimen son dos enveses de la misma moneda; que muchas veces, son los temperamentos religiosos los que más fascinación sienten por el crimen y viceversa; y que, en cierto sentido, la extrema vocación de los hombres justos no esconde en ocasiones, más que un deseo incontenible (frustrado y reprimido hasta la saciedad) por una vida de pasión en los márgenes de la ley.
Nelson Van Alden era la imagen del infortunio por excelencia. Un nerd de principios del siglo XX cuya vida era la pura encarnación de la ley de Murphy. De la absoluta desolación de los fracasados. Y ante todo, era un inmenso personaje porque era más ambiguo y real que cualquiera de los grandes caracteres de Boardwalk Empire.
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