La noche de los zombis
Dejo a continuación un avería dedicado al memorable concierto que Fabio Frizzi y su banda dieron en Murcia hace aproximadamente una semana en la...
El club del suicidio está rodada por personas que se acercan al séptimo arte con la mentalidad de un macarra. Músicos de dark guarro que lo mezclan todo en un amasijo de imágenes que transmiten confusión, diversión y desorientación. Rompen expectativas y juegan con el espectador. Muchas de sus escenas, de hecho, parecen guitarrazos, desafinados toques de piano filtrados por una computadora loca o bromas de infantes que se entretienen jugando con las normas del cine y la moral.
El club del suicidio es un reflejo del Japón moderno. De una sociedad donde supongo que, a estas alturas, los tamagotchis deben tener más sentimientos que la mayoría de habitantes de las grandes urbes quienes además, probablemente, deben en algún caso tener dificultades para diferenciar la vida real de los videojuegos. Por eso no la considero una película frívola. De hecho, es más seria de lo que parece. Lo único que ocurre es que también es gamberra. Su director sabe perfectamente que, a día de hoy, nada merece ser tomado en serio y, por tanto, ya no es necesario profundizar en nada puesto que sólo siendo superficiales -¿era Nietzsche quien lo decía?- podemos ser verdaderos.
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