Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Cortázar escribía con escombros y sombras. Como si el arte se hubiera iniciado con Picasso y Charlie Parker o no hubiera salido nunca de las cavernas. Sin términos medios. En realidad, es uno de los grandes escritores de textos fantasmagóricos del siglo XX. Su literatura era una mezcla sensual, movediza e insólita entre la novela gótica y los textos surrealistas. No necesitaba situar a sus personajes en castillos ni en desfiladeros y abismos para provocar la sensación de agobio. Vislumbraba espíritus en las calles, tranvías y kioscos, en medio del trasiego cotidiano, con enorme naturalidad. Como si su máquina de escribir fuera un güija y su mente una varita mágica.
Cortázar era mucho más que un escritor fantástico. Gran parte de sus relatos, por ejemplo, parecían haber brotado del encuentro entre Lautreamont y La pantera rosa. Eran un inusual y cómico cruce entre el arte callejero y el arte de salón. Entre el piano de Thelonious Monk, un graffiti, una sinfonía de Stravinsky y un lienzo de Marc Chagall. En cierto modo, sí, logró convertir el humor en un género serio y transformar la cultura en una fiesta. Una portada de disco incendiaria en la que los personajes retratados tomaban vida, salían del marco del cuadro y se ponían a hablar con toda naturalidad con escritor, espectadores y seres humanos procedentes de otros tiempos y lugares.
Julio Cortázar fue tal vez junto a Buñuel, el autor que más y mejor popularizó las enseñanzas surrealistas. El que con más agudeza supo vislumbrar hacia dónde apuntaban André Breton y sus secuaces. Su vida fue un torbellino creativo. Un concierto de Erik Satie interpretado a unas cuantas revoluciones más de lo normal. Porque fue un hombre que no se conformó tan sólo con escribir o degustar el arte sino que quiso ser arte. Experimentar lo que es ser relato, novela, lienzo o canción. Algo que pagó al final de sus días cuando el peso de los años y la árida realidad consumista se impuso a sus ilusiones juveniles y desencantado, se dejó ir como una remota melodía infantil. Pero en cualquier caso, experimentó con total plenitud su existencia. Convirtió París en su estudio creativo. Un Tarot de Marsella ambulante. Y Argentina, en una influencia y recuerdo que dotó de furia y excentricidad una literatura viva y rabiosa como pocas, parecida a un peligroso e incisivo juego de azar. La exacta imagen de una cola de gato moviéndose en medio de un espejo lleno de agua negra. Shalam
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