Prostituta
A Serbian film es una película retro. Nos dice lo que ya sabíamos. Que la Antigua Yugoslavia fue vejada, violada, prostituida y entregada a las...
En verdad, la obra de Malick ha pasado a convertirse en una especie de nebulosa poética llena de indefiniciones que exige que el espectador se encuentre en el estado de ánimo adecuado para poder disfrutarla completamente. Algo que parece difícil. Porque sus últimos filmes se basan más en sensaciones, momentos, visiones que en un argumento formal y, por tanto, es más sencillo conectar con determinadas secuencias y escenas que con la película en su conjunto. Lo cual, repito, no es necesariamente malo. Incluso es de agradecer, teniendo en cuenta que sus películas se han convertido en una experiencia que se ha de sentir más que racionalizar. Que aspiran a ser música más que literatura. En definitiva, a romper las barreras del cine. Pues su espíritu es similar al de un pájaro deseoso de surcar los cielos para el que la pantalla fuera una jaula.
Se dice que Terrence Malick lleva mucho tiempo abusando del monólogo interior. Algo, en parte, cierto. Porque aquel hermoso experimento de La delgada línea roja que funcionaba perfectamente en El nuevo mundo y le daba un empaque considerable a El árbol de la vida, ha terminado por caer en el manierismo. En el exceso. Eso sí, más por la escasa contención de Malick al utilizarlo que por el recurso en sí mismo.
Las reacciones de las estrellas que han trabajado con Malick no dejan lugar a dudas de que es un director diferente. Sean Penn echa pestes de él. Estuvo concienzudamente preparando el papel durante meses y, finalmente, no apareció en El árbol de la vida más que en tres o cuatro escenas. Christian Bale aún no se ha aclarado con lo que quería de él en Knight of cups y todavía se anda preguntando para qué le dio ciertas instrucciones o le hizo rodar hasta la extenuación secuencias que fueron eliminadas sin piedad en la mesa de montaje en Song to Song.
En realidad, Malick es como una iglesia. Tiene postrados a sus pies a centenares de feligreses que se arrodillan ante él en cuanto alguien invoca su nombre y en sus alrededores, se encuentran otros tantos detractores que sueñan con quemarlo, apedrearlo. Porque Malick aspira a lo absoluto. Desea ser el dios del cine. Alguien capaz de filmar el mundo como lo filmaría el espíritu divino de encarnar en un ser humano o como lo ve el creador desde las alturas.
Creo que Malick se ha propuesto hacer una especie de elegía sobre el mundo contemporáneo. Extraer belleza del caos. Pero que, no obstante, más que ir al límite con su propuesta, ha sido recurrente con ella hasta decir basta. De hecho, si se trata de modificar el rumbo del cine, me pregunto por qué no se ha atrevido a ir un paso más allá. Por qué no ha rodado sus últimas tres películas sin monólogos. Sólo con música. Un último paso que pienso que sí que hubiera podido dotar a su obra del aliento clásico y poético que busca desesperadamente y además, hubiera, en cierto modo, cambiado el devenir del séptimo arte. Porque Malick se hubiera convertido en lo que tal vez siempre ha aspirado a ser: el primer director moderno de cine mudo. Un creador (y no un ilustrador) de sensaciones y sentimientos. Shalam
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