La oreja rota
El disco realizado por Tuxedomoon y Cult with no name, Blue velvet revisited, para ilustrar las imágenes del documental filmado por el alemán Peter...
En fin, podría seguir y seguir pero no creo que sea necesario. Más aún, considerando que el talante excesivo de su arte ha provocado que posea tanto fans acérrimos como irredentos detractores con los que, en algún caso, resulta inútil debatir o intercambiar opiniones. Algo lógico e inevitable, teniendo en cuenta que su mirada es totalmente contraria a la clásica. De hecho, creo que -retomando el tema de los agujeros negros- las razones de tanta pasión a favor o en contra de su cine, habría que encontrarlas en su voluntad de penetrar en los territorios oscuros de la conciencia, en los misterios y secretos ancestrales y universales sin tener intención ni de resolverlos ni de desvelarlos. Una característica que provoca que su cine se diferencie radicalmente del tradicional y por tanto, provoque irritación en quienes han crecido familiarizados con unos presupuestos que son absolutamente distintos de los del cine de Lynch.
Obviamente, no es lo mismo contemplar Los Soprano que, por ejemplo, Carretera perdida. Ambas parten de puntos de partida diferentes. Y es lógico que a los fans de una les decepcione la otra. Yo amo ambas obras pero entiendo que para poder ser disfrutadas, debo poner mi atención en lugares distintos.
Los Soprano intenta responder a la pregunta del porqué de la violencia y la presencia de la mafia en América. Para lo que sienta a uno de sus representantes en el diván del psicoanálisis. La mitad de los norteamericanos, gran parte de sus teorías sobre la violencia y la justicia eran psicoanalizadas al tiempo que Tony Soprano revelaba sus problemas y complejos de culpa. En este sentido, David Chase intentaba iluminar el mal, la nocturnidad desde la razón. Mostraba innumerables, continuas peleas y asesinatos pero al mismo tiempo, llevaba a cabo una reflexión sobre sus causas que, en cierto modo, explicaba el misterio del mal a través de los crímenes de Tony y sus compinches. Pudiendo así de paso dar respuesta a ciertas interrogantes que planteaban muchas películas de cine negro de la era dorada de Hollywood o a los presupuestos en los que se basaban series tan míticas como la presentada por Alfred Hitchcock durante los años 50 y 60.
Al contrario, -y dado que su interés radica más en disolver, transformar y revolcarse en el misterio que en solucionarlo- Lynch no busca respuestas. Tampoco exactamente formular más preguntas sino que más bien, muestra un espectro de posibilidades (fantasmagóricas, fantásticas, remotas) en toda su amplitud. Reconociendo que no puede extraer conclusiones, nos conduce a través de una estructura fílmica cercana a un anillo de Moebius por una historia que ha podido, puede estar sucediendo o pudo ocurrir en algún tiempo u otra dimensión; la cual puede ser el reflejo de un trauma, el olvido de un asesinato o la paranoia de un músico perdido que aspira a la gloria.
Basta contemplar, en este sentido, sin ir más lejos Inland Empire. Una película que, paradójicamente, cuanto más se disgrega y dispersa, más comprensible es. Un enorme agujero negro que es tanto un elogio de lo invisible como de lo incomprensible: la pasión, el sexo y la locura. Una incursión en esos otros hechos que se están produciendo constantemente en dimensiones desconocidas de las que, de alguna forma, el director norteamericano deja constancia en sus experimentaciones como de pasada, mientras escucha a los duendes y enanos decirle esas palabras mágicas con las que suelo cerrar cada una de las entradas de averíadepollos:Shalam
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