El chico de la moto
¡He aquí un claro ejemplo de por qué merece seguir comprando la Popular 1 mes tras mes! Una respuesta a la pregunta de por qué, a pesar de que han...
Ocurre que por algún motivo no he podido encontrar unos subtítulos adecuados para visualizarla -todos entraban a destiempo- pero me atraían tanto sus imágenes que ayer no lo pensé más y comencé a verla sin comprender -claro está- una sola palabra. Algo ciertamente frustrante pero que, a los pocos minutos, consiguió crear un estado de relajación en mi cerebro muy atractivo para visualizar esta obra de arte cuyos diálogos debía imaginarme. Lo que la hacía más frenética y fantasmagórica de lo que ya es.
¿Podría resumir lo que vi? ¿Podría definirlo? ¿Indicar el argumento con claridad? Sinceramente no. Pero ¿a alguien le importa? Después de dos horas de intensos contrastes e inesperados diálogos artísticos, creo que viví una experiencia. Descubrí otra frontera. Un territorio inesperado. Y que tal vez comprendí instintivamente el film de Zulawski mejor que si lo hubiera contemplado según el método tradicional. De hecho, una hora después descubrí que alguien, hacía años, lo había colgado en youtube con los subtítulos adecuados. Y, sí, comencé a visualizarlo de nuevo pero no, noooo, nada que ver. En ningún caso, la experiencia fue satisfactoria. Mucho más interesantes la sugerencia y la duda que la claridad. Y mucho más revelador, catártico y personal concebir «otro mundo» en el que Opeth y Zulawski trabajaron juntos que no éste en que probablemente nunca cruzaron sus caminos y tal vez ni siquiera conocieron sus respectivas creaciones. ¡A la mierda el arte ya trazado! Shalam
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