Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Décima Víctima componían canciones parecidas a novelas negras y existencialistas. Su música remite tanto a Albert Camus como a los filmes de Robert Bresson y Jean Pierre Melville. Describían paisajes mentales. Eran tan pintores y escritores como músicos. No eran punks. Tampoco siniestros. Ni tan siquiera creo que fueran exactamente un grupo melancólico. Tenían una sobria y adusta manera de reinterpretar el post-punk y el pop. Eran la mezcla imposible entre un grupo indie de los 90, el pop dandy de los 60 y la literatura de la posguerra. Unos Echo & the Bunnymen castizos. Sus canciones eran fotografías. Tabaco negro. Rayos nocturnos. Postales dolorosas. Recuerdos de noches en vela. Lujo y vicio. Su look podía parecer un calco del de los nuevos románticos pero poseía una severidad que no tenían estos.
Muchas veces menos es más. Creo que esto queda muy claro al revisitar la trayectoria creativa de Décima Víctima. Un grupo que dijo lo justo de la manera justa. Dejó dos discos y varios EPs parecidos a fúnebres baúles y salió del mapa para siempre. Marcando el camino a referentes posteriores como Family. Puesto que no amenazaron con volver ni se molestaron en reivindicar su legado con absurdos y ridículos homenajes. Dejaron que su obra hablara por sí misma y finalmente, el tiempo les está dando la razón. Les está sacando del olvido hasta convertirlos en imprescindibles. De hecho, si tuviera que decir quién es el mejor grupo español del 2019 los citaría a ellos porque sus lamentos, alegrías y depresiones son mis lamentos, alegrías y depresiones. Sus inquietudes y búsquedas son las mías y creo, repito, que también serán las de muchas generaciones posteriores: la soledad, el amor y el hastío. Shalam
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