Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Muchas veces, Davis no actuaba como un adulto sino como un adolescente. Desde luego, parecía no haber perdido ni la fuerza ni la vitalidad y capacidad de regenerarse propias de esa edad porque se levantaba de golpes que hubieran hecho a muchos pensar seriamente qué estaban haciendo con su vida, con una fuerza inusitada. Enviando «fucks» a medio mundo y escuchando a todo volumen incombustibles temazos de soul.
Davis es como el niño que juega al fútbol dentro del equipo más débil y, a pesar de ser consciente de su inferioridad, lucha como un jabato e incluso se da el gusto de meter un gol. Es, sí, el alma de su club y por ello, aunque salga derrotado, en ningún caso se lo verá llorar o lamentarse. De hecho, aun con el rostro desencajado y lleno de tierra y heridas, todavía tendrá fuerzas para alzar sus manos, saludar a sus compañeros y darles un discurso confesando lo orgulloso que está de su esfuerzo. Motivo por el que creo que, finalmente, me acabó gustando el personaje. Porque Davis conseguía indudablemente transmitir pasión por la música. En gran medida, su personalidad no se entendía sin ella y hasta el menor de sus gestos y pensamientos respondía al código no escrito del rock. Ya que era un volcán enérgico. Una camisa de flores siempre a punto de abrirse. Una prueba de que la música del diablo esconde ciertas píldoras rejuvenecedoras en su interior y que quien consagra la vida a ella nunca se aburrirá. De algún modo, está destinado a navegar los acontecimientos diarios como si fueran olas del mar, transformar cada día en el último, y convertir añejas barras de bares en las que suenan saxofones atronadores y se sirven bebidas parecidas a pócimas mágicas, en su despacho de trabajo. Shalam
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