Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Probablemente, David sea el cruce perfecto entre un salvaje africano y un gigoló americano. Un millonario descerebrado y un fino e inteligente señor de clase media. Pero de lo que no caben dudas es de que es pura historia del rock. Porque le bastó un chillido, pasearse por un escenario de punta a punta, acariciándose los labios, para hacer olvidar a sus compatriotas los traumas de la guerra de Vietnam, y mandar a la prehistoria el crack del 29. Y con un solo de sus chistes, logró dibujar una sonrisa en esa Norteamérica espectral, casi terrorífica, sumida en esa pesadilla, o más bien, delirio capitalista, que retratan tan bien tanto los discos de Kiss y Alice Cooper de los años 70 del pasado siglo como Tiburón, el primer Viernes 13 y, desde luego, algunas de las mágicas y, en ocasiones, misteriosas atmósferas que aparecen en los discos de Van Halen. Discos que guardan muchos más secretos en su interior de lo que parece a primera vista. De hecho, poseen una magia especial. Remiten a excursiones de adolescentes en campings, playas repletas de buscavidas, hombres y mujeres que han vendido su alma al diablo por unos cuantos miles de dolares, y a desvirgamientos tristes e intensos. En suma, divertimento sin freno que no puede ocultar un alto grado de esquizofrenia social.
No hay dudas de que sin David, el mundo sería mucho más aburrido. Pues este señor es un espectáculo andante. Muy probablemente, fue amamantado por la luna y creció empeñado en convertir la realidad en un cómic o un diálogo de Cantinflas y Jack Lemmon. Obsesionado con convertirse tanto en el Gordo como en el Flaco. El animal más bello contemplado en una pantalla de televisión desde Marilyn Monroe. Aunque, ante todo, es dueño de una brillante y diabólica mente que estoy convencido de que si algún escritor fuera capaz de transformar en un relato literario, sería una mezcla entre una novela de David Foster Wallace y un cuento de Mario Levrero. Un texto en el que, en vez de conejos y freakies drogados, aparecerían de todas partes, mujeres desnudas interpretando una versión alucinada y nocturna del Criying de Roy Orbison y Joe Melson. Shalam
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