Bernard Hermann en un taxi
He estado hoy revisando algunos de mis soundtracks cinematográficos favoritos. Me resulta muy difícil realizar una selección. Hay un aroma especial...
David Byrne no es exactamente un hombre del Renacimiento sino posmoderno. Creo, de hecho, que con permiso de David Bowie, es uno de sus mayores iconos. Alguien capaz de construir canciones que recuerdan a Marcel Duchamp y edificios minimalistas y de componer discos que pueden sonar tanto en los extrarradios de ciudades industriales como en teatros, chiringuitos y hoteles de África y el Caribe con absoluta normalidad. Se adaptan perfectamente al ambiente donde son escuchados y, al mismo tiempo, ayudan a componer paisajes imaginarios. Lo mismo hacen surgir bailarinas de los subterráneos que timbales y bombos de los frigoríficos.
El concierto de Cartagena fue directamente, una utopía. A la ciudad portuaria llegó un Byrne contenido, un tanto resacoso de su faceta salsera y sabrosona, -estaba presentando, al fin y al cabo, su nocturno David Byrne– pero que, a pesar de todo, continuaba tocando su guitarra como si fuera un saxofón y los timbales como si fueran teclados. Y aquella noche nos dio un espectacular festín de futurismo, jazz y sonido New Orleans. Creo que hasta entonces, pocas veces había escuchado un sonido tan puro. Tanto, tanto que las notas musicales parecían de acero. Pero acero moldeable. Plastilina o incluso vaselina que conforme emergía de los instrumentos, se iba disolviendo por las butacas, convirtiendo el Teatro Circo en una habitación del cielo.
Teniendo en cuenta el carácter aleatorio y movedizo de Byrne, se puede suponer que su concierto de Murcia fue bastante diferente. Acababa de sacar Feelings y, en cierto modo, estaba explorando las posibilidades de la electrónica. Flirteando con la música experimental, el ambient y los sintetizadores para retratar el mundo contemporáneo. Y al menos en Murcia lo consiguió. Porque convirtió por momentos el Auditorio en una discoteca y en otros, en una nave especial.
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